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Cuentos con IA

Iniciado por Valeria rpm, Enero 28, 2026, 07:45:24 PM

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Valeria rpm

Le he dado el guion y libro de estilo rulfiano. Ahí va.

La orilla.


El hombre llegó en coche a una isla sin ninguna alma.

Lo supo sin necesidad de comprobarlo. Bajó con una garrafa vacía en la mano y se quedó un momento quieto, escuchando. No se oía nada salvo el mar, siempre igual, y un viento bajo que arrastraba la arena. Luego empezó a caminar por la playa.

No había muelle ni casas. Ninguna señal de paso humano. La arena se extendía sin interrupción y, más adentro, la jungla cerraba el paso como un cuerpo espeso, demasiado vivo para dejar entrar a nadie. No había sendas. No había elección. Solo la orilla.

Caminó largo rato. La garrafa golpeaba su pierna, hueca, como si también ella estuviera cansada.

La mujer apareció de pronto, sin anunciarse.

Estaba desnuda junto al agua, inmóvil, mirándolo. No parecía sorprendida. Sonrió con una calma que no pedía permiso. Cuando habló, lo hizo como quien repite algo sabido.

—Puedes hacer conmigo lo que quieras. Aquí nadie se opone.

Él apartó la vista y siguió caminando.

—Busco gasolina —dijo—. Tengo que llenar esto.

Ella lo observó como si hubiera pronunciado una palabra sin sentido. Después rió, sin alegría.

—Eso no sirve aquí —respondió—. Si buscas combustible, hay otros.

No insistió. Echó a andar detrás de él, a cierta distancia, dejando huellas que el agua ignoraba.

Más adelante encontró a un hombre pescando desde la orilla. La caña estaba en el agua, pero el cubo seguía vacío. El pescador lo miró con atención cuando oyó la pregunta, como si le llegara desde muy lejos.

—Ven —dijo—. En la cabaña se habla mejor.

Dentro, el aire era pesado. El pescador abrió un cajón y sacó una pistola vieja, cubierta de óxido. Se la tendió con ambas manos.

—Dispárame —pidió—. Para eso está.

El hombre la sostuvo un momento. El metal estaba muerto, agarrotado por el tiempo. La dejó sobre la mesa y salió. No dijo nada. Cuando volvió a la playa, ya no caminaba solo. La mujer y el pescador lo seguían.

Luego aparecieron otros.

Un anciano que le pidió que lo despojara de todo.
Una muchacha que quería desaparecer bajo el agua.
Un hombre que deseaba arder con su casa.

Nadie pedía ayuda. Pedían daño. Pedían un final.

Él los rechazaba sin palabras y seguía andando. Y ellos seguían detrás.

—No hay caminos —le decían—. Solo esto.
—El interior no se cruza. Nunca se cruzó.
—Aquí nadie necesita gasolina.

Se burlaban de la garrafa, de su empeño, de su forma de seguir caminando como si aún tuviera un destino.

El hombre no respondía. Caminaba.

Cuando el sol empezó a caer, la playa comenzó a repetirse. La misma curva. La misma roca oscura. La misma palmera torcida. Se detuvo.

Allí estaba el coche.

Hundido en la arena. Abierto al silencio. Quieto como una cosa abandonada desde siempre.

El hombre no dijo nada. Miró la garrafa. Miró el coche. Miró la línea interminable de la playa.

El pescador se adelantó. Se inclinó para mirar dentro y se quedó inmóvil. Luego lloró. No hizo ruido. En los asientos y el salpicadero había restos secos de sangre, demasiada, extendida sin orden, como si nadie hubiera intentado limpiarla.

Uno de los hombres se alejó murmurando palabras sin sentido. Otro se sentó en la arena y se cubrió la cabeza. Nadie preguntó nada.

La mujer rió.

Fue una risa breve, sin calor. Se acercó, miró el interior del coche y después lo miró a él, como quien confirma algo antiguo.

—Así que también te han aislado aquí con tu arma inutilizada.

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el hombre llegó en coche a una isla que parecía desierta buscando gasolina,... el prompt clave de este cuento fue "me pintas al protagonauta más tonto que a pichote, el que se quitó dos costillas para morderse el cipote"
Quitame la mierda, haz favor (con esos ojillos tan bonitos que a Pavel Ahla` le'jha daado)

Valeria rpm

El cuento del sonado ya lo tenemos muy manido en el resto de hilos.

Amazonia

Ella fuma apoyada en el marco de la ventana. No mira la calle. Observa el humo subir, estirarse, se volatiliza, como las ilusiones, que se estiran, se desgarran, la vida se las traga.
Desde la habitación llega la tos del abuelo, áspera y antigua. Ella apaga el cigarro. Va a buscar el jarabe. Lo coge, lo agita. Antes de salir, se sirve un trago de jarabe de nada. Sabe a fresa sin ser fresas, con un punto amargo, como imaginaba.
Cruza el pasillo con el jarabe, se detiene un instante, entra.
Observa al viejo, fue un buen padre. Agranda los ojos un instante y se dice: "ya no está". La muerte tiene eso, te transforma. En el segundo exacto en que alguien se va, es otro algo. Un cuerpo hueco. Una forma vacía. Algo que ocupa un espacio sin habitarlo, estar sin estar.
Lo entiende sin sobresalto. Ni lo toca, no es necesario, se sabe sin más.
Deja el jarabe en la mesilla. El gesto es automático. Sale. Cierra la puerta.
Está sola en casa.
Piensa que llorar sola no sirve de nada, nadie recogerá sus lágrimas, nadie la consolaría. Mira el reloj: dos horas para que vuelva su marido. Se sienta en el sofá. Enciende la tele. Escucha un anuncio de colchones de Galería del Coleccionista. El ruido basta.
Ya llorará después.
Cuando él vuelva.
Y lo hará como si no existiera un mañana, como si fueran lágrimas sinceras, como si fueran de verdad.
De momento disfrutará de esas dos horas de libertad, haciendo nada. La puerta cerrada. Y la vida, como siempre, tragándoselo todo.

Lo ha escrito Manolo, me parece un escrito correcto

Valeria rpm

Jonás

El primer clavo que chupé todavía tenía un sabor metálico y rancio cuando comprendí que todo había empezado mucho antes, en una sala que parecía un invernadero para muebles muertos y no el lugar donde se suponía que debía ejercer la química.

Aquel día estaba sentado ante una mesa de roble tan pulida que devolvía mi reflejo con un leve retraso, como si dudara de mi presencia. Las columnas se abrían en capiteles vegetales que parecían retorcerse buscando algo más que el techo. Los marcos de las ventanas, de madera oscura y barniz espeso, despedían un olor dulzón, casi rancio. Los cristales ondulados deformaban el exterior hasta hacerlo irreconocible, como si el mundo fuese un experimento fallido. El suelo, cubierto de baldosas hidráulicas en verdes enfermizos y mostazas apagados, repetía un patrón geométrico que, mirado fijamente, producía una ligera sensación de vértigo.

Nada en aquel edificio tenía aspecto de laboratorio. Era demasiado ornamental, demasiado delicado. Una industria química no debería tener lámparas de lágrimas de cristal ni molduras que parecieran crecer por voluntad propia.

Sobre mi mesa había una ficha con un único nombre en mayúsculas: FOSFOLUXINA-9.

Soy químico. O lo era. Miré el término esperando que despertara algo reconocible en mí. No ocurrió. "Me habrán pedido que sintetice esto", pensé. Pero no había instrumental, ni reactivos, ni siquiera el olor áspero de un ácido. Solo silencio y madera vieja.

Saqué el móvil y consulté a la inteligencia artificial.

"Fosfoluxina-9 — compuesto de referencia. Sin antecedentes clínicos en bases públicas. Propiedades: anfífilo teórico; aplicación: indeterminada. ¿Desea métodos de síntesis sugeridos?"

La respuesta fue inmediata, limpia, desprovista de cualquier duda. Yo, en cambio, estaba lleno de ellas.

Un mensaje de WhatsApp me ordenó acudir al despacho del director.

Subí por la escalera de caracol. En la antesala, varios hombres tecleaban con disciplina apagada. No había mujeres. Solo cuellos rígidos y miradas que evitaban encontrarse.

Entré.

La sala estaba en penumbra. Una mesa larguísima se extendía hacia el fondo oscuro como un embarcadero sobre agua negra. El director y su adjunto ocupaban el extremo iluminado; al fondo, dos figuras apenas distinguibles escuchaban.

El director hablaba con tono agraviado y solemne. En un momento dado declaró, con una convicción que sonaba ensayada:

"que pues claro, nuestra empresa atiende a la responsabilidad social, que no me escuchen mis accionistas, pero en realidad la responsabilidad social es el máximo objetivo de esta empresa."

La frase quedó suspendida, incómoda.

Después apoyó los codos sobre la mesa, hundió la frente entre las manos y murmuró que la corbata le estaba fastidiando, que necesitaba el pasador. El adjunto no se movió. Entonces el director giró ligeramente la cabeza hacia mí y, hablándome por debajo de su sobaco, me ordenó que fuera a buscarlo.

En la antesala, el hombre de mayor rango sonrió cuando le transmití el encargo.

—Eso lo lleva Mei-lin Chao.

El nombre sonó como una advertencia.

—No sé si querrá encargarse —añadió—. Está muy harta de todo esto.

Llamó por teléfono. Negoció con una cortesía forzada. Finalmente colgó.

—Puedes ir. Al fondo del corredor.

El pasillo era excesivo. Empezó a serpentear: primero a la derecha, luego a la izquierda. Las baldosas seguían el movimiento como escamas rígidas. El aire allí parecía circular con intención.

En una curva me crucé con un hombre muy bajito, de bigote mínimo y sonrisa fija.

—¿Eres nuevo?

Asentí.

—¿Adónde vas?

—A buscar un pasador de corbata.

Sonrió con una satisfacción extraña.

—Ah, el pasador... A mí me lo encargaron una vez. No pude cumplir. Me mandaron al departamento de secar clavos.

—¿Secar clavos?

—Sí, aquí mismo. Antes este serpentín no era un pasillo. Se inyectaba aire y se ponían los clavos a secar. Los secábamos de un lado y luego, uno por uno, les dábamos la vuelta para secarlos del otro.

Lo dijo sin ironía, como quien describe una vocación.

—Ahora ya lo han renovado —añadió—. Pero el departamento sigue existiendo.

Desapareció tras la siguiente curva.

El pasillo se volvió recto y más solemne. Al final, una puerta de madera noble tallada con hojas entrelazadas. Llamé.

—Está abierta, pase.

Entré.

Ella estaba sentada en un sofá frente a la ventana. La luz lateral subrayaba cada tensión de su rostro. Llevaba un albornoz blanco. Tendría unos cincuenta años, pero la piel estaba estirada con una firmeza artificial. Los labios, tensos hasta el límite, parecían incapaces de relajarse. Pensé —y me avergoncé de pensarlo— que tenía la boca tan estirada que si masticara erráticanente, en lugar de morderse la lengua podía llegar a morderse una oreja.

—Me han encargado el pasador de corbata —dije.

Torció el gesto.

—Tráeme esa caja.

Le llevé el joyero. Lo abrió y empezó a mostrarme piezas.

—¿Te gusta este collar?

Asentí. Sacó otro. Y otro. En un momento volvió a enseñarme uno que ya había visto.

—¿Te gusta este?

Había una leve fisura en su secuencia, como un salto en una cinta mal montada.

—Te voy a enseñar mi collar más preciado.

Nos colocamos frente a un espejo de pie en mitad de la sala. Ella delante, yo detrás. El cristal nos devolvía enteros y ligeramente deformados.

—Tiene tres posiciones. Ponme la posición de en medio.

Ajusté el cierre. Ella dejó caer el albornoz sobre los hombros. Las solapas se deslizaron a través de sus implantes tensos y quedaron detenidas por unos pezones demasiado erguidos.

—¿Crees que está bien o crees que debería bajarlo un poco más?

—No, el collar le queda perfecto así.

Se cerró el albornoz con un movimiento brusco, como si hubiera decidido que yo no merecía más espectáculo. Volvió al joyero, arrojó el collar dentro y, tras rebuscar con impaciencia, extrajo el pasador de corbata.

—Toma. Ya le puedes llevar esto a ese idiota.

Regresé por el serpentín observando el metal entre mis dedos.

—Al menos me libraré de lo de los clavos —pensé.

En el despacho, el director estaba solo. Le entregué el pasador.

Sonrió.

—¿Qué te ha dicho esa boca de tiburón ballena?

Rió y repitió, complacido con su propia crueldad:

—Esa mujer no sabe morderse la lengua, por eso es más fácil que se muerda una oreja.

Luego añadió, con una cordialidad glacial:

—Hemos encontrado el departamento adecuado para ti.

El secretario me condujo por otro corredor, más desnudo. Al fondo, una puerta metálica: "Acceso a la planta de secado de clavos".

La placa conmemorativa brillaba bajo una luz blanca: inaugurada por el Excmo. Sr. Don Álvaro Cifuentes, Ministro de Transformación Productiva, y la Ilma. Sra. Doña Marta Galiano, Secretaria de Estado de Industria. Debajo, el logotipo de la empresa que había subvencionado la inversión: NeuroIA Dynamics.

La puerta se abrió.

Desde una pasarela elevada vi el hangar interminable. En el centro, un serpentín gigantesco cubierto por triángulos de vidrio formando un tubo translúcido por donde circulaba el aire. Dentro, mesas alineadas a lo largo de la curva infinita. Personas inclinadas sobre pequeños clavos metálicos.

Algunos los sostenían un instante frente a los labios, los chupaban con gesto concentrado, luego los secaban cuidadosamente con un paño áspero y, antes de depositarlos en la bandeja correspondiente, volvían a llevárselos a la boca para un último contacto húmedo y metódico. Después pasaban al siguiente. Siempre igual. Siempre con la misma cadencia.

Bajé las escaleras. Entré en el tubo. Caminé hasta una silla vacía.

Me senté. Tomé un clavo.

El hombre de enfrente era físico. El de la derecha, licenciado en filosofía. El de la izquierda me miró cuando le pregunté qué había estudiado.

—No —dijo—. Yo no estudié estudios superiores. Yo toda la vida quise ser un escritor de cuentos.

Miré el clavo entre mis dedos y lo acerqué a la boca.

defedef232

#5
al primer esclavo qie se la chupé  lo mantuve lejos del bancal casi un año, para  fingido desconfiar las clnfiabas que tomaba, venderlo como marañón... luego me aficcioné a ese tipo de Trato y pasaba vergas azabache cada tres o cuatro meses... lo justo de aliñarles de ayudantes de cámara como para refinados caballeros avisados quitármelos de las manos

éste es un gran país
Quitame la mierda, haz favor (con esos ojillos tan bonitos que a Pavel Ahla` le'jha daado)

Valeria rpm

#6
Maximiliano

Me recuerdo de que el año cincuenta no fue año como los demás, sino una grieta en el tiempo por donde se nos cayó la infancia, aunque en los calendarios figurara como cualquier otro, obediente y numerado. Yo vivía entonces en Rabanal del Camino, ya le digo, pero los hechos no sucedieron allí, no señor, sucedieron en Valdehierro de Somoza, que ya no figura en los mapas ni en las oraciones de los viejinos. Me recuerdo de que era sábado, y como no había escuela, mi hermano —que en paz descanse— y yo fuimos caminando hasta allí, un paseíno largo pero alegre, para jugar con los chiquilines. Íbamos contando las piedras del camino, como quien no quiere la cosa, como si fueran cuentas de un rosario pagano, y cada piedra nos parecía un mundo.

Al llegar a la plaza vimos al forastero.

Eso sí que me recuerdo bien.

Estaba plantando un caballete como quien clava una cruz diminuta en mitad del mundo. No era hombre del pueblo, eso se le notaba en la manera de sostener el silencio. Llevaba una chaqueta negra que parecía cosida con sombra y una mirada como de espejo empañado.

En su paleta solo había blanco y negro.

Me recuerdo de que el pintor no sacaba la luz de la paleta, no señor; lo que ocurría era más extraño todavía. Comenzó pintando la casa de una esquina en la plaza y cada trazo que hacía sobre el lienzo se reproducía en los muros de piedra, las aberturas o las tejas, en la misma escala de grises, como si la realidad estuviera obligada a imitar la pintura. Luego trazó el marco de la puerta engrandeciéndolo y vimos la entrada de la casa expandirse y una corriente de intenso blanco emergía y empujaba a los costados los colores naturales de la plaza. Los chiquilines nos quedamos embobados, mire usted. Él se giraba hacia nosotros sonriendo, con esa travesura de quien sabe que no está pintando el cuadro sino corrigiendo el paisaje.

Por el claroscuro de la puerta asomó una niña de unos doce años, vendiendo conservinas. Los bajos de la casa se habían convertido en la antigua tienda de ultramarinos que siempre hubo antes de la guerra.

—¡Llévese estas latinas, que vienen derechinas de la capital!

Los vecinos empezaron a aparecer en la plaza, atraídos por los llamados insólitos. Salían de las casas, unos detrás de otros. Algunos reconocieron a la niña y se santiguaban. Era la Felisa, la mujer del botero, que había muerto casi centenaria hacía unos cuantos lustros. Pero allí estaba, qué va, llamándolos por su nombre.

Cuando el pintor había concluido la primera casa, mi hermano y yo éramos los únicos que, por suerte, permanecimos a la espalda del pintor. Ya te digo yo que eso nos salvaría. Toda la gente del pueblo se agolpaba frente a la casa porque parecía que se estaba proyectando sobre la misma una película en blanco y negro. Los vecinos discutían y preferían creer que todo estaba siendo irreal, que la ilusión bien podía ser cosa del diablo y algunos se fueron a buscar algo a la iglesia y salieron con la Virgen a cuestas entonando cánticos más bien desentonados y el cura detrás, pero en bicicleta, clamando que se dejaran de supercherías y tomando el camino a Santa Colomba en busca de la Guardia Civil.

A eso, en la recién restablecida tienda de ultramarinos apareció del claroscuro otra niña más pequeña, reconocida como la hermana de la anterior, en brazos de un anciano que nadie recordaba ya. Pero no permanecieron intactos, ni mucho menos. Me recuerdo de cómo empezó la degradación. A la niña mayor se le apagó el brillo de los ojos; el blanco se le volvió lechoso, luego gris. La piel se cuarteó. La pequeña comenzó a encorvarse; los dedos se le torcieron y la sonrisa se le quedó fija. El anciano se tensó, se le inflaron las venas, los labios se le pusieron morados y empezó a jadear con respiración hueca.

Un mozo intentó atravesar la escena para rescatarlos y se topó con una cascada de luz. No pudo pasar.

Me recuerdo de que el pintor cambió de colores. Sacó rojos que no eran cosa buena. Empezó a pintar a los vecinos. No los retrataba: los inflamaba.

Se hinchaban. Reían primero, hiperventilaban, se mostraban eufóricos, con una alegría desmedida y casi litúrgica, como si el aire mismo les estuviera entrando a borbotones por el alma. Luego estallaban sus pulmones.

Yo era un chiquilino, pero entendí que aquello no era milagro.

Murieron asfixiados en la plaza.

También nuestros amigos.

Me recuerdo de que miré al pintor. Ya no tenía aquella sonrisa traviesa: su rostro se había afilado como una máscara de inquisidor sin templo, los pómulos eran aristas de sombra, los ojos dos pozos minerales donde no cabía el reflejo del mundo, y en la comisura de los labios le temblaba una mueca de paciencia cruel, como si aguardara no nuestra huida sino nuestra definitiva corrección. Mi hermano me agarró del brazo y echamos a correr, sin mirar atrás.

Prometimos no contar nada.

La Guardia Civil vino días después. Nos interrogaron. Negamos. Luego confesamos. Y fue peor, ya le digo yo. Nadie nos creyó, claro está. Dijeron que era fabulación infantil.

Años más tarde me llevaron al pueblo ya arrasado. Otra vez vino la Guardia Civil. Solo quedaba la iglesia y una casa en demolición; el resto eran casas demolidas hasta la raíz, escombros cuidadosamente barridos como si una escoba meticulosa hubiera querido peinar la memoria, muros desdentados, vigas amputadas y solares alisados con una prolijidad administrativa que no dejaba ni una astilla donde pudiera posarse el recuerdo. En los bajos de la última casa encontraron un tríptico que representaba exactamente lo ocurrido.

Confirmé que eran las pinturas del pintor.

Unos médicos, con batas almidonadas y palabras largas que sonaban a remedio y a porvenir, convencieron a nuestros padres de que debíamos ser tratados y estudiados por la ciencia, y las dejaban caer sobre la mesa de la cocina como si fueran estampitas bendecidas por un saber que ninguno de nosotros podía discutir. Hablaban de traumas infantiles, de sugestión colectiva, de fantasías contagiosas, y mi padre asentía con esa humildad antigua del que no ha leído más libros que el calendario y el misal. Decían que aquello saldría hasta en el NO-DO, que la ciencia era cosa seria y que el Estado velaba por el bienestar de los chiquilines, que aquello era por nuestro bien y por la tranquilidad del pueblo, aunque el pueblo ya no figurara en ningún sitio. Eso impresionó a mi padre, porque así se nos había enseñado, que quien lleva uniforme o título también lleva razón. A mi madre, que se resistía, la fueron cercando con paciencia, explicándole que la imaginación, si no se atajaba a tiempo, podía pudrir la cabeza de un muchacho como la humedad pudre las vigas. Firmaron unos papeles que no entendían del todo, confiando en que las autoridades sabrían más que ellos. Yo, que era un chiquilino pero no del todo tonto, me recuerdo de que vi en aquellos hombres algo más que celo científico: una prisa muda, una necesidad de recoger lo que quedaba suelto. Éramos, sin saberlo, los últimos que podían decir en voz alta el nombre de Valdehierro, y eso, ya ve usted, a veces pesa más que cualquier enfermedad. Entonces entró un teniente de la Guardia Civil, con el uniforme impecable y una serenidad impropia de aquella cocina donde mi madre lloraba; tenía el gesto contenido, apenas una leve tensión en la comisura de los labios, como si sostuviera una decisión ya tomada, y nos llevaron como quien aparta una prueba incómoda del escritorio, con la delicadeza suficiente para que pareciera cuidado y con la firmeza necesaria para que no quedara testimonio.

Nos encerraron en un reformatorio. Los días eran grises. Pasé años allí. Cada cierto tiempo me llevaban ante un juez.

—No sé de lo que me está hablando.
—No me acuerdo.

Me recuerdo de aquellas audiencias ante el juez, que no eran juicio propiamente dicho, sino examen, como si me midieran la cabeza por dentro para ver si ya cabía en la sociedad sin desbordarse. Decían que se trataba de valorar si podía ser reinsertado, si mi mente estaba limpia —es un decir— de los recuerdos inconvenientes, si lo de Valdehierro había sido arrancado de raíz como se arrancan las malas hierbas del huerto. Cada cierto tiempo me sentaban frente a él, bajo una luz que no era de interrogatorio pero lo parecía, y abrían una carpeta donde, supongo yo, figuraba mi nombre junto a alguna palabra larga que sonaba a diagnóstico. Él insistía. Yo negaba, una y otra vez. El juez me miraba como quien observa una grieta en una pared recién encalada, buscando la fisura que delata que debajo sigue la humedad. No me creía del todo, eso lo supe siempre; sospechaba que mentía o, peor aún, que recordaba con exceso de precisión. A veces pensaba que no me estaban juzgando, sino archivando. Y cuando mis negativas no resultaban convincentes, cuando mi silencio parecía demasiado perfecto para ser inocente, cerraba la carpeta con una paciencia de notario y ordenaba que me devolvieran al reformatorio. Así, una vez tras otra, como si la libertad fuera una puerta que solo se entreabre para comprobar si el preso ha olvidado lo suficiente.

Cumplí veintiuno y el juez me concedió la libertad, aunque a decir verdad yo no entendía el porqué; no hubo revelación ni arrepentimiento, acaso solo agotamiento. Después de tantas audiencias, de tantas negativas mías y sospechas suyas, pensé que tal vez había decidido que mi silencio era ya suficientemente sólido, como una pared que, aun agrietada, no amenaza ruina inmediata. No di las gracias, no señor. Él cerró la carpeta con esa parsimonia de quien archiva un expediente que no ha logrado descifrar pero que conviene retirar de la mesa. En el pasillo estaba el dibujante de juzgados. Miré su boceto. Me vi respondiendo con palabras que nunca pronuncié, con una serenidad que no recordaba haber tenido. Mientras el juzgado archivaba mi silencio, aquel hombre registraba otra versión de mí. Me recuerdo de que me quedé helado. Entonces comprendí algo que no supe formular en ese momentino, pero que desde entonces me acompaña. En el papel, el magistrado parecía inclinar levemente la cabeza, como persuadido por una razón que no figuraba en el expediente, y sus dedos trazados parecían más dóciles que los reales. Hay decisiones que primero ocurren en el papel y solo después encuentran un cuerpo que las ejecute. El dibujante giró la cabeza y me mostró su sonrisa. La misma sonrisa traviesa. Desde entonces digo que no me acuerdo.

Pero me recuerdo de todo.


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Nota del transcriptor

Lo anterior reproduce, con la mayor fidelidad posible, el relato que Maximiliano me confió durante varias tardes del invierno pasado. Siempre comenzaba del mismo modo: "me recuerdo de".

Movido por obvias incongruencias, consulté archivos provinciales y documentación militar de 1950. En un legajo encontré referencia a un operativo de la Guardia Civil en Valdehierro de Somoza, hoy inexistente. Según el parte, fue abatido un miembro del maquis. También murieron una joven y su hermana menor, señaladas como colaboradoras por haberle dado alojamiento en su casa. Algunos vecinos intervinieron. Se produjo fuego indiscriminado. Varias muertes quedaron registradas como resultado de un "enfrentamiento armado".

El oficial al mando era un teniente joven, trasladado semanas después. No se conserva fotografía suya.

En el mismo expediente aparecen mencionados dos menores testigos cuyos relatos fueron calificados de "confusos" y "afectados por sugestión traumática". Se recomendó su internamiento en un centro de observación psicológica.

No he hallado constancia oficial de pintores, trípticos ni criptas del Museo del Prado. Tampoco figura orden explícita de demolición del pueblo, aunque sí partidas destinadas a su "reordenación estructural".

Cabe pensar que el recuerdo necesitó una figura tolerable para no fracturarse. Tal vez un pintor resulte más habitable que un teniente.

Sin embargo, en el margen de uno de los partes militares encontré una anotación manuscrita, difícil de atribuir. Dice únicamente: "El oficial corrigió la escena".

Cuando pregunté a Maximiliano si había vuelto a ver al teniente de la Guardia Civil que los condujo al reformatorio, guardó silencio unos segundos.

Luego respondió:

—No me acuerdo.

Y añadió, casi sin voz:

—Pero me recuerdo de la sonrisa

Carson_


defedef232

MAXIMILIANO, MINIMO GUSTO, MAXIMO DILATA EL ANO
Quitame la mierda, haz favor (con esos ojillos tan bonitos que a Pavel Ahla` le'jha daado)

Carson_

Para Valeria.

Empiezo por un chiste tonto que me encanta.

Está una señora limpiando en un museo y le pregunta al vigilante de la sala:

—¿Esto puedo barrerlo o es arte?

De vez en cuando también acude a mí una duda parecida con algunos pintores o escultores. Me muevo por preferencias estéticas, dispongo de poca base para la valoración, es decir, carezco de elementos sólidos para discernir qué es "bueno" y qué no. La mirada del néofito tiende a lo impresionable.
 
En cambio, en literatura, como lectora, sí creo tener la mirada "entrenada" —es más: lo afirmo—.   

Me da la impresión de que la IA ahora mismo, por sí sola, sin un andamio que la sostenga, es incapaz de escribir una buena novela. Además es muy relamida. Cuidado, no digo que a la larga sí pueda. Entonces entraríamos en una categoría distinta al actual escritor, como un constructor de esquemas que se valdría del albañil para el relleno.

A mí me ha servido para algunos consejos útiles, alguno ya lo he comentado.

Eduardo Mendoza decía en una entrevista que cuando aparecen muchos personajes es útil ir recordándolos por su nombre para que el potencial lector no se pierda. Porque una novela no suele leerse del tirón. Algo así también me ha sugerido la IA. Una forma de reconocimiento es atribuir al personaje algún modismo o característica particular.

No, si al final lo que editaré es Cómo intentar escribir una novela y no perderse en el abismo.

(Por cierto, hay un fotógrafo — vi solo cuatro o cinco de él — que no edita sus fotos y que me encantó. Estas en concreto sugerían escenas de tortura a través de espacios ordenados y limpios. Por si a alguien se le ocurre un nombre. Norteamericano y vivo, poco más puedo añadir.).



Valeria rpm

#10
Carson, después del último cuento he quedado bastante impactado. No tanto por el resultado final en sí, sino por el proceso.

Llevaba tiempo intentando que el sistema se acercara a un estilo determinado. En esta ocasión le di una instrucción clara: ejecutar un estilo borgiano —consciente de que sería un pastiche— y mezclarlo con un habla rural propia de una zona concreta de la provincia de León. El resultado, siendo honestos, el prota resulta poco creíble. Lo más interesante no es eso.

Lo que realmente me interesaba comprobar era si el modelo era capaz de producir alguna de esas expresiones asombrosas que uno asocia con Borges: una frase que, de pronto, ilumina el texto entero. Y creo que lo logró, especialmente en la primera frase del cuento. Ahí percibí algo distinto, algo que superaba el simple "estilo estándar" que suelen ofrecer los textos generados automáticamente.

Porque esa es la clave: si uno se conforma con el primer resultado, la inteligencia artificial devuelve un estilo promedio, reconocible, funcional, pero genérico. Todos los cuentos se parecen. Sin embargo, lo que he descubierto es que ese estilo inicial no es un límite, sino un punto de partida. Se puede empujar, modificar.

Al principio, cuando pedía cambios, el proceso era frustrante. El sistema reorganizaba el texto, alteraba la estructura, introducía modificaciones que yo no había solicitado. El cuento se descomponía. Era un caos. Entonces decidí cambiar de método.

Descompuse el texto en párrafos numerados y, después, numeré cada frase (tarea que ejecuta la IA en un santiamén) Convertí el cuento en un documento casi burocrático. Esta estrategia transformó el trabajo. Al intervenir sobre unidades concretas —frase 3 del párrafo 2, por ejemplo— el proceso se volvió preciso. Las modificaciones dejaron de ser reescrituras descontroladas.

El resultado fue muy superior. No solo porque el texto mejorara, sino porque el control del proceso pasó a mis manos. La inteligencia artificial dejó de ser un generador automático para convertirse en una herramienta de taller.

Lo que he aprendido es que, cuando se le pide un cuento, el modelo prioriza la estructura narrativa y después aplica un estilo estandarizado. Ese estilo puede gustar más o menos, pero es solo una prrimera capa en bruto. Si uno insiste, corrige y orienta, puede desplazar esa capa hacia registros más específicos.

Ahora la idea es experimentar con otros estilos. Probar combinaciones,  voces distintas. Pero el último resultado ya me parece óptimo. No porque sea perfecto, sino porque demuestra que, con método y paciencia, se puede alcanzar una forma de escritura que estaría al alcance de muy pocos.

Dame un escritor conocido que te guste y a ver como se apaña, o más bien apaño a la IA. Mejor si es un clásico porque tiene acceso más libre a sus obras.

Valeria rpm

En cuanto al guión, no estoy usando IA en ese aspecto. Se lo dicto con audios y la IA se limita a transcribir y recopilarlos.

Carson_


El estilo que me gusta es seco, contenido. Detesto las florituras. A bote pronto me vienen dos escritores contemporáneos a la mente que me encantan: Kenzaburo Oé y Annie Ernaux. Por hablar de estilo. Porque luego está el otro gran tema que es el estructural, montar el armazón de una novela, ahí hay un motón de escritores que son unos bestias. Dostoyevski, Tolstoi, Thomas Mann, Vargas Llosa, García Márquez, Scott Fitzgerald...

Va, Flaubert.

Quien escribe bien a pesar de —o por— sus arrebatos, es Amazonia. Transmite frescura, espontaneidad, a veces consigue imágenes potentes. La de tirarse por el balcón mientras suena Bohemian Rhapsody es de una comicidad buenísima.

Valeria rpm

Es muy facil de recrear, por ejemplo he tomado mi texto y le he exigido eliminar la floritura, centrarse en lo psicologico y copiar el estilo de Kenzaburo Oe, que no he leído. Podría refinarse mucho mas con otras indicaciones. El cualquier caso el resultado es otro, nada que ver. Particularmente es un estilo que me interesa puntualmente, como contrapunto a un relato más rico.

Su respuesta (es curioso que me llama por mi nombre cuando estoy usando la cuenta de pago de mi partner):

Carles, reescribo el cuento completo en un tono más seco, sin florituras, centrado en la experiencia y en lo psicológico. Mantengo la estructura de voz única y la recurrencia de "me recuerdo de", pero elimino el exceso ornamental y las metáforas llamativas.

Me recuerdo de que en el Museo del Prado guardan un retablo que no se expone. Dicen que fue donado con la condición de no mostrarse nunca. Representa lo que pasó en un pueblo de la Maragatería cuando yo era joven. El pueblo ya no existe. Lo borraron. No quedó nada.
Eso fue por el año cincuenta.
Yo vivía en Rabanal del Camino. Tendría once o doce años. Mi hermano era un poco mayor. Los sábados, cuando no había escuela, caminábamos hasta Valdehierro de Somoza para jugar con los chiquilines. Era una hora larga de camino. No nos pesaba.
Me recuerdo de que aquel sábado la plaza estaba distinta. Había un hombre que no era del pueblo. Tenía un caballete plantado frente a una casa. Preparaba los pinceles con calma. No hablaba con nadie.

Etc...


Carson_

El texto no me convence en absoluto. En cualquier caso, muchas gracias.

A mí la IA me ha servido para algunas sugerencias globales.