Hilo sobre multikulturalismo

Iniciado por Dionisio Aerofagita, Octubre 13, 2006, 02:50:35 PM

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Dionisio Aerofagita

En mi blog, plagado de oscuras consignas islamoprogres, me toca ahora tratar (durante unas pocas de entradas peñazo de las mí­as) la espinosa cuestión del multikulturalismo, la superioridad de las culturas y tal. Dado que aquí­ habí­a procrastinado el tema, intentaré ir colocando en este hilo -que por otra parte, puede llenarse de lo que ustedes quieran- las diversas entradas. Me he ido al pentadáctilo, que tiene un tiempo más lento y me facilita no "perder el hilo". Voy a tener dificultades para ver si hay debate en los próximos dí­as (y para participar en él si lo hubiera), pero de todas maneras no hay demasiada polémica, al menos en la primera entrada. Como anunciaba, estoy empezando a situar la cuestión.

Si quieren verlo ví­a blog con la foto de Boas y los hiperví­nculos puestos (y, alternativamente, descubrirme cantando jardrock-islamoprogre en la entrada anterior), pueden seguirlo aquí­: (eso sí­, los eventuales insultos, pónganlos aquí­, puesto que en el blog pretendo que la discusión se ciña a las ideas, no a las personas)

http://tiempos-interesantes.blogspot.com/

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LAS RAíCES DEL "MULTICULTURALISMO"

En este blog no sólo vamos a hablar de migraciones, sino también de "interculturalidad", materia que evidentemente está directamente relacionada con los movimientos migratorios, pero que va mucho más allá de ellos.
Es frecuente que, en el diálogo de besugos en el que habitualmente se convierten los debates sobre migraciones, los más reacios ante los extranjeros (o ante determinados grupos de extranjeros) la emprendan vehementemente contra el "multiculturalismo". Es posible que en cierta medida estén gastando fuerzas en combatir espantapájaros, puesto que seguramente esta expresión y sus connotaciones han sido en gran medida abandonadas por quienes de un modo u otro están más interesados en estas cuestiones, aunque también es cierto que en determinados ámbitos sigue haciéndose uso y abuso del concepto. Los "xenofí­licos", aunque no seamos estrictamente "multiculturales", nos damos por aludidos y seguimos la corriente, cumpliendo perfectamente nuestro rol en un debate perfectamente estéril. Quizás hacemos esto porque nos sentimos en cierto modo herederos del multiculturalismo. Por mi parte, acepto la herencia, pero a beneficio de inventario;
vamos, que aprovecho lo que pueda sacar, pero no respondo de las deudas que no son mí­as.

A salvo de los planteamientos relativistas que existí­an desde la antigí¼edad, podrí­a decirse que la raí­z de la idea-fuerza del multiculturalismo se encuentra en el "héroe cultural"
y "padre fundador"
de la antropologí­a académica norteamericana -un fí­sico alemán-, Franz Boas (1858-1942) y sus "discí­pulos"
(aunque el término en sí­ mismo considerado y su uso como modelo de convivencia es muy posterior). Antes de Boas, prácticamente toda la ciencia social seguí­a con menor o mayor énfasis patrones racistas y etnocentrados (de manera que, por cierto, las acusaciones de racismo para pensadores anteriores tienden a estar descontextualizadas). Raza, lengua y cultura aparecí­an difuminadas y confusas en un totum revolutum fraguado a veces con escasa empatí­a y sin muchas intenciones de penetrar en la lógica interna de las conductas. En definitiva, el etnocentrismo era tan pronunciado que no nos enterábamos de nada.

Como muestra de lo alejado que se estaba en aquel tiempo de un mundo "polí­ticamente correcto", contémplense un par de aseveraciones de William McGee, primer presidente de la American Anthropological Association (citadas por Marvin Harris): en artí­culos de la revista cientí­fica American Anthropologist.

-"Posiblemente la sangre anglosajona es más potente que la de las otras razas;
pero ha de recordarse que el lenguaje anglosajón es el más simple, el más perfecta y simplemente simbólico que el mundo ha visto jamás;
y que gracias a él el anglosajón guarda su vitalidad y energí­a para la conquista en lugar de desperdiciarlas en la Jggernaut de un mecanismo engorroso para la comunicación del pensamiento"
(1895)

-"El salvaje está extremadamente cerca de las especies subhumanas en todos los aspectos de su mentalidad, tanto como en sus hábitos corporales y en su estructura corporal"
(1901).

Desde el punto de vista de la ciencia social, la lucha frente al etnocentrismo (llamada relativismo cultural y que nosotros preferimos denominar relativismo metodológico) supuso una conquista importante. Sólo asumiendo la dignidad de las culturas "salvajes"
se ha podido descubrir la tremenda riqueza expresiva de lenguas supuestamente "bárbaras"
que se creí­an alaridos primarios;
sólo tomando en serio las culturas como sistemas de conocimiento se han advertido complejí­simas taxonomí­as (de hecho, más complejas que las de la Biologí­a standart en lo que refiere a la fauna y flora local) o métodos de orientación de asombrosa precisión como los que utilizan los polinesios para recorrer larguí­simas distancias en canoa. Sólo aproximándose al estudio de la conducta en su contexto socio-cultural, al margen de prejuicios puede verdaderamente acercarse uno a la comprensión del comportamiento humano.

Al margen de la ciencia, desde el punto de vista polí­tico, el revulsivo fue también en general "positivo";
ni que decir tiene que el progresivo reconocimiento de la dignidad de las "culturas"
que podrí­amos llamar simplificadamente "no-occidentales"
cumplió un importante papel instrumental en el reconocimiento de la dignidad de las personas adscritas a estas culturas. Dado que iban encajando con las circunstancias estructurales del momento, las ideas "multiculturales"
-reconocimiento de la "igualdad"
de las distintas "culturas"- no quedaron como cosas de antropólogos, sino que han ido teniendo un cierto éxito social (lo que ha derivado inevitablemente hacia una cierta vulgarización). En el melting pot estadounidense, el "multiculturalismo"
sirvió de necesario contrapunto dialéctico frente a la doctrina o la práctica -muy querida, pero en cierto modo imposible- de la "asimilación"
en lo que referí­a a la integración de los inmigrantes (y el propio Boas lo era). Seguramente también las ideas "multiculturales"
sirvieron de fundamento ideológico para gestionar los procesos de descolonización del llamado "Tercer Mundo". Por último, pudieron suponer algún tipo de asidero ante el horror que conmovió el mundo tras la II Guerra Mundial, al contemplar las consecuencias más extremas de los discursos raciales.

Ahora bien, el hecho de que en su momento fuera una doctrina útil, así­ como la constatación de que todos aquellos que propugnamos la dignidad de los que son diferentes somos en alguna medida tributarios de estas ideas, no debe distraernos de los dos pecados "originales"
que tendencialmente presentan los planteamientos multiculturales: el esencialismo cultural y la apariencia del punto de vista neutro. Esto lo veremos poco a poco en próximas entradas.

[modificada por coherencia con la entrada citada]
Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.

Dionisio Aerofagita

#1
[Edito para poner el tí­tulo, que se me habí­a olvidado;
aprovecho para repasar: decí­a que el "multiculturalismo", habiendo cumplido funciones útiles en el pasado, tení­a dos "pecados originales", el esencialismo cultural y la apariencia de un punto de vista neutro. Pues ahora dedicaré
unas tres entradas al primero]

EL ESENCIALISMO CULTURAL

Aunque no lo parezca, aquellos que propugnan la superioridad de unas "culturas"
sobre otras y los que, por el contrario, afirman la igualdad radical de todas las "culturas"
tienen algo en común: ambos creen, cerebral o visceralmente, consciente o inconscientemente en las "culturas"
como entidades discretas, objetivas, bien delimitadas, relativamente homogéneas y estables. Casi que podrí­amos decir exactamente cuántas culturas hay en el mundo y quedarnos "tan panchos". ¿Y si la pregunta acerca de si hay culturas superiores o no estuviera mal planteada desde el principio? Dedicaremos algunas entradas a esta cuestión.

Ciertamente, antes de Boas se hablaba de "razas", "pueblos"
y "naciones", a veces como sinónimos. A partir de Boas se empieza a hablar de "culturas"
como categorí­as de la diversidad étnica (aunque antes el término tení­a una dimensión más bien universal);
aunque no eran más que generalizaciones necesarias, inconscientemente se hablaba de las "culturas"
como si fueran entidades vivas, ideas platónicas o seres metafí­sicos. Los antropólogos pusieron de moda este esquema de percepción de la realidad, casi como una necesidad para poder generalizar sobre pueblos tradicionales cuyo modo de vida se iba extinguiendo y la moda se propagó
por doquier hasta el punto de que todo el mundo se lo terminó
creyendo del todo. Como digo, anteriormente se utilizaban vagamente esquemas parecidos y también se interiorizaban hasta el punto de que parecí­an realidad objetiva (como otros productos "culturales"), pero lo cierto es que hoy hemos heredado los esquemas culturales que fraguaron aquellos antropólogos. Sobre todo ahora que las "razas"
han caí­do en la desgracia de lo polí­ticamente incorrecto, los "pueblos"
gozan de mala salud y huelen a "comunismo"
y las "naciones"
están pegando los últimos coletazos.

Sin hablar de "culturas", en cambio, el eminente sociólogo Max Weber ya nos advertí­a frente a la imprecisión de lo étnico "La fuerza universal de la Â'imitaciónÂ'
actúa en general en el sentido de hacer cambiar gradualmente, de un lugar a otro, los usos tradicionales, de la misma manera que cambian los tipos antropológicos en virtud de la mezcla de razasÂ"[...] Â"Se acabarí­a así­
por arrojar seguramente por la borda el concepto global Â'étnicoÂ'. Pues es un término genérico completamente inoperante para toda investigación rigurosamente exacta."


¿Dónde está
la imprecisión de este esquema? Pues básicamente en tres aspectos sobre los que no me puedo extender mucho hoy:

1) Pretende homogéneo lo que es heterogéneo: minimiza las diferencias individuales y minimiza las diferencias grupales dentro de lo que previamente se ha caracterizado como una "cultura". Para un español tí­pico es lo mismo un turco, un árabe y un pakistaní­
(he oí­do hablar varias veces de una "cultura islámica"), cuando para ellos las diferencias pueden ser brutales (incluso ahora que parece que los medios de comunicación de los paí­ses musulmanes podrí­an estar reforzando una identidad común que siempre ha sido bastante tenue). Como si se tratara de una muñeca rusa podrí­amos entrar en más subdivisiones, y en divisiones de las subdivisiones hasta descubrir que también hay "subculturas"
en todas lassociedades modernas, en las que se acentúa la especialización funcional y la diversidad;
e incluso descubrir que hay cosas "culturales"
más allá
de las subculturas, pero todo esto lo tendré
que aclarar en otro momento.

2) Pretende discreto lo que es continuo: establece unas fronteras ilusorias para demarcar el concepto ignorando que lo que previamente hemos llamado "culturas"
no son compartimentos estancos, sino que operan en un mundo mucho más fluido de intercambio continuo y comunicación cultural entre personas, grupos y redes, en el que, por otra parte, las diversas "culturas"
son manifestaciones diversas de la "unidad psí­quica de la Humanidad", lo que hace que, en realidad, no sean "tan"
diferentes. Un campo de juego muy divertido para ver esto es el estudio del folklore: busca una criatura mitológica que se venda como pura idiosincracia, por ejemplo, de una "nación"
"autonómica"
y empieza a percibir cómo varí­a brutalmente de un valle a otro de la misma Patria y como, por otra parte, en cierto modo es igualita a la de la tribu africana no-se-qué.

3) Pretende estable lo que es dinámico: la "cultura"
-en sentido universal-, como rasgo biológico del ser humano tiene una indudable dimensión adaptativa. Los rasgos culturales están continuamente cambiando, creándose y recreándose, reciclándose desde la basura del pasado, cogiendo lo que ya está
hecho y adaptándolo a las circunstancias (no quiero decir con esto que no puedan subsistir survivals, rasgos que un dí­a tuvieron sentido y que terminarán desapareciendo o reconvirtiéndose). También el proceso continuo de comunicación que mencionaba antes, en el contexto antes citado de heterogeneidad implica una difusión continua de rasgos de un sitio a otro. De hecho, los primeros antropólogos académicos se vieron obligados a "mentir"
al presente para poder registrar la historia, haciendo la foto de un cadáver o de un moribundo;
quiero decir, que, en un principio, y en términos generales, trataron de describir las "culturas"
"salvajes"
en su "pureza", "incontaminada"
del "hombre blanco". Pero esa situación YA no era real en aquella época;
prueba de ello: el propio antropólogo.

Ya veremos más adelante si existe una alternativa epistemológica a esta simplificación -todo esquema cultural lo es- de las "culturas". Me importa resaltar ahora que la interiorización de este esquema cognoscitivo hasta las propias ví­sceras genera algunos problemas éticos en general bastante graves. A ellos me referiré
en la próxima entrada.

Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.

Kamarasa GregorioSamsa


Pornosawez

Luego te contesto.

Y Boas es alemán...lo que conduce a...
"España es el paí­s donde más fácilmente se puede hacer uno rico"

Carlos Solchaga

Dionisio Aerofagita

Cita de: Caverní­cola en Octubre 18, 2006, 01:00:11 AM
Luego te contesto.
Y Boas es alemán...lo que conduce a...

Procrastinación siempre.
Boas era alemán... lo que conduce simplemente a que era un inmigrante en EEUU, y eso pudo influir algo en sus posiciones, por más que fuera un migrante de la hornada europeo-occidental, menos "problemática".
Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.

Dionisio Aerofagita

#5
[Edito por coherencia con la entrada del blog]

(CAPíTULO III) PROBLEMAS ÉTICOS DEL "ESENCIALISMO CULTURAL"

Hemos quedado en que las "culturas"
no son más que simplificaciones de la realidad, en cierto modo necesarias para hablar de ella;
a grandes rasgos esto es lo que se llama un "esquema cultural": un modelo simplificado que nos han legado nuestros ancestros y se utiliza como herramienta para conseguir conocimiento. Sin embargo, cuando usamos mucho estos esquemas terminamos creyendo que son la "realidad objetiva". En cualquier caso, como adelantaba, esto no sólo deforma nuestro conocimiento, sino que también distorsiona nuestra acción ética y polí­tica. El modelo de las "culturas"
plantea problemas desde la xenofobia (que termina por asumirlo, aunque viniera de los "multiculturales"
antropólogos), pero también desde el llamado "multiculturalismo".

Los problemas desde la xenofobia son los más evidentes. Cuando decimos que nuestra "cultura"
es superior a otra "cultura", casi siempre decimos entre lí­neas -incluso inconscientemente- que somos "superiores"
a las personas que adscribimos a las culturas ajenas. En eso consiste aproximadamente la "Teorí­a de la identidad social"
que se desprende del famoso experimento psicológico de Tajfel y Turner: para obtener una identidad social positiva se perjudica a los miembros del exogrupo. Estas razones simbólicas y otras mucho más materiales confluyen en el fenómeno que conocemos como "discriminación", que consiste básicamente en tratar desfavorablemente a los individuos por razón de una generalización derivada de su adscripción a un grupo. En abstracto, a todos nos parece repugnante, puesto que choca con nuestra cultura "liberal"
que impone que a la gente se la trate por sus propios méritos o deméritos y no por la etiqueta étnica que se les ha puesto. En concreto, la discriminación sólo nos parece repugnante cuando se corresponde con algunas circunstancias que han accedido al reino de lo polí­ticamente correcto, pero no cuando encaja con nuestros propios prejuicios;
por ejemplo, pocos se preguntan por qué
un iberoamericano o un judí­o sefardí­
(por citar una categorí­a puramente étnica o religiosa) obtienen la nacionalidad española en 2 años, mientras que un chino, o incluso un saharahoui (por mencionar una ex-colonia española) tienen que esperar 10 años;
cuando nos lo preguntamos, lo justificamos en razones "históricas, culturales", etc., es decir, en generalizaciones étnicas impuestas a los individuos, sin tomar en consideración sus circunstancias reales. Pero la discriminación para otro dí­a.

El caso es que la interiorización del modelo de las culturas también plantea problemas éticos al pensamiento "multicultural", hasta hacerlo totalmente inútil si se aferra al esencialismo cultural. Cuando los "enemigos del multiculturalismo"
nos lo hacen saber -eso sí­, frecuentemente a grandes voces, con exageraciones y sin matices-;
respondemos a la defensiva aunque seamos conscientes de la verdad que hay tras sus argumentos.

Pongamos un ejemplo mí­tico y exagerado, para que se entienda. Unos indí­genas del Amazonas que apenas han tenido contacto con el "hombre blanco"
están siendo desalojados violentamente de sus tierras ancestrales -e incluso sagradas- debido a determinados intereses económicos. No es lo mismo estar de parte de los indí­genas que estar de parte de "su cultura". Si estás de parte de los indí­genas, los defenderás si puedes contra estas agresiones;
si respetas a los indí­genas, respetarás en principio sus producciones culturales, que forman parte de ellos (la persona sin "cultura"
no existe);
si llegas a apreciar a los indí­genas, también apreciarás en principio sus producciones culturales. Pero ello no implica que creas en un fantasma llamado "cultura indí­gena"
que hay que proteger a toda costa y que se impone a los propios indí­genas. Si lo que quieres es "proteger su cultura", tal y como está
("pura"
e "incontaminada"
del "hombre blanco", claramente delimitada, estática), sabes que no basta con frenar estas agresiones brutales;
sabes que, de manera más sutil, el contacto con la "modernidad"
terminará
por afectar a los indí­genas: el comercio, la migración, la comunicación, terminarán transformando los modos de vida indí­genas de manera radical, de manera que esa "cultura"
abstracta y pura que tanto se querí­a, terminará
por desaparecer ineludiblemente. La única manera de salvarla es creerse con derecho a dictaminar qué
es lo que conviene a los indí­genas, cerrar toda comunicación, mantenerlos en la "ignorancia"
del resto del mundo, impedir el comercio y las migraciones, convertirlos en una "especie protegida", lo quieran o no. Cuestión distinta es que haya que prepararse para el cambio inevitable y preocuparse por los futuros problemas de identidad y por la posible anomia que pueden resular de la transformación (ocurre a veces, por ejemplo, que los indí­genas desplazados a la gran ciudad terminan sucumbiendo al alcoholismo);
pero el centro de la estrategia son los indí­genas, no su "cultura".

De manera menos evidente y radical, el esencialismo cultural presente tendencialmente en la idea primitiva del "multiculturalismo"
puede arrastrarnos a defender formas de segregación mucho más sutiles. Ghettos "progres", en cierto sentido. Si concebimos las "culturas"
como cí­rculos cerrados y estáticos que son "iguales"
en dignidad, entonces seguiremos viéndolas como sistemas parcialmente cerrados y autónomos, rigiéndose por sus propias reglas al margen del resto. Que hagan lo que quieran en su ámbito y no molesten a los demás. Laissez faire colectivo. No es difí­cil encontrar casos extremos de multiculturalismo racista "que hagan lo que quieran en su paí­s, pero aquí­
no", (de manera más radical "que hagan lo que quieran en su ghetto, pero que a mí­
me dejen en paz");
porque uno en el fondo tiene miedo de "contaminarse"
y perder la pureza y la identidad de su propia cultura, así­
que las especies protegidas son ellos y nosotros. Aunque estos son casos exagerados, en la medida en que los modelos de convivencia intercultural sigan lastrados por el esencialismo cultural tenderán a percibir la realidad social como cí­rculos cerrados que interaccionan débilmente. Y, sin darnos cuenta, esa entelequia llamada "cultura"
que habí­amos utilizado sólo para hacer descripciones generales, podrí­a llegar a imponerse a las personas que se adscriben a ella (por encima de ellas, como una apisonadora).

Y por otra parte, terminaremos por ignorar o tratar inadecuadamente disparidades socio-culturales que arbitrariamente hemos dejado fuera del "multiculturalismo"
porque arbitrariamente hemos dejado fuera de las "culturas"
(como leviatanes étnicos). ¿Es que los migrantes llegaron a una sociedad homogénea y perfectamente integrada? ¿Qué
hacer entonces? Seguiremos en próximas entradas.

Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.

anantic

No habí­a abierto el hilo antes por el tí­tulo. Me gusta. Te me pareces otro usuario que se llamaba "paqué".

Gracias. Miles.

Dionisio Aerofagita

Bueno, como he tenido un comentario y todo en la entrada de los problemas éticos del esencialismo cultural y contesto con un par de ladrillos mal redactados que mencionan algunos problemas que se tratarán más adelante, me permito poner el ví­nculo, aunque aquí­ sólo iré dejando las entradas (y las relacionadas con la crí­tica del "multiculturalismo".

http://tiempos-interesantes.blogspot.com/2006/10/problemas-ticos-del-esencialismo.html

No creo que tarde demasiado en poner el siguiente pestiño.
Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.

Dionisio Aerofagita

DE LAS "CULTURAS"
A LO "SOCIOCULTURAL"

Aunque el daño ya está hecho, creo que hoy la mayorí­a de los antropólogos no duda en considerar que las culturas no son más que artefactos para obtener conocimiento mediante generalizaciones;
desde este punto de vista, la "cultura"
es una "descripción del investigador", que puede situar en un contexto o en otro (un paí­s, una región, un sector de la sociedad), dependiendo de los intereses de la investigación y no una entidad platónica que "exista"
como existe un árbol o una piedra. Lo real no es la "cultura", sino las prácticas y representaciones "culturales"
que observamos o deducimos de los sujetos. Estas prácticas y representaciones casi nunca son meramente "subjetivas", sino que son "sociales", es decir: compartidas y comunicadas en el seno de los grupos humanos;
y habrí­a que añadir en el seno de las redes humanas, ahora que la metáfora de la "red"
(en la que no todos están conectados con todos) puede proporcionar mayor precisión a la variabilidad cultural.

Sucede que el esquema de las "culturas"
se desarrolló en un momento determinado en el que los antropólogos se disponí­an a registrar compulsivamente todo un universo de universos que se les escurrí­a de las manos y estaba a punto de desaparecer, o más bien de transformarse por completo: la mirí­ada de sociedades tradicionales escasamente influidas por la "modernidad"
que "gozaban"
de un cierto aislamiento. Poco a poco, a medida que el objeto de estudio de la Antropologí­a se iba extinguiendo, los antropólogos tuvieron que buscarse el curro y el pan de sus hijos en otra parte. Primero, se fueron al campo, para documentar las formas de vida tradicionales que también estaban en ví­as de transformación;
luego, siguieron a sus "nativos"
a los cinturones de las grandes ciudades, y empezaron a analizar los problemas de los migrantes. Se asomaron poco a poco a sectores de la "sociedad moderna"
que, debido a la marginación social a la que estaban sometidos, se encontraban en una cierta situación de "aislamiento", lo que permití­a la identificación de "subculturas"
diversas (drogodependientes, pandilleros juveniles, homosexuales, etc.) con ciertas divergencias "culturales"
respecto de la sociedad "oficial". Con todo ese bagaje investigador, cuando se dieron de bruces con la sociedad moderna, descubrieron que distaba mucho de ser homogénea y que uno puede encontrar racimos de pautas culturales entre la aristocracia inglesa, los intelectuales y cientí­ficos norteamericanos, los suburbios de la clase media japonesa. En la práctica, la "cultura"
habí­a dejado de ser un sustantivo (las pautas homogéneas de un grupo) para convertirse en un adjetivo: "lo socio-cultural", que se diversifica y se articula en torno a distintas redes y grupos humanos.

Ciertamente, la dispersión geográfica y de comunidad polí­tica influyen enormemente en la diversidad cultural. Pero esta influencia, ni es absoluta ni tiene necesariamente que ser la más importante. Ciertamente, un indio andino que ha vivido toda su vida en la montaña puede sentirse extraño en la Gran Ví­a de Madrid (o al contrario, un madrileño en los Andes), pero también un pandillero de barrio bajo madrileño notarí­a divergencias socioculturales en la recepción de un Embajador en Madrid y un Doctor en Filosofí­a podrí­a tener problemas para comprender los sobreentendidos de los chascarrillos de una juerga gitana, qué sé yo. Si estudiamos la "cultura"
de los profesores de la Universidad española y nos encontramos con un profesor marroquí­ de ideologí­a izquierdosa ¿qué etiqueta será más útil para predecir el comportamiento de esta persona? ¿Su adscripción al grupo de los "profesores de Universidad española", su origen "marroquí­"
o su "progresismo"? Pues dependerá de la persona y de su historia personal, del tipo de conducta que se pretenda predecir y del contexto concreto en el que se plantea ¿Necesariamente la determinación de lo "cultural"
viene marcada por el origen étnico en mayor medida que los demás factores? Pues está claro que no.

Así­, viene a decir Clifford Geertz que la "cultura"
es el contexto (social, simbólico, de significados, de expectativas, etc.) que aporta sentido a una "descripción densa", es decir, a una descripción del comportamiento humano efectuada en términos significativos;
siguiendo más o menos su ejemplo, si alguien guiña un ojo puede que tenga un tic, que esté intentando ligar, que indique complicidad (como para que alguien le siga una broma), que indique complicidad sobre una complicidad falsa (como si guiña el ojo para fingir que está pidiendo a alguien que siga la broma pero que todos vean que es fingido), etc, etc, etc. La "cultura"
es el conjunto de expectativas, de significados compartidos que dan sentido a este comportamiento, que lo provocan o que permiten calificarlo socialmente. Hay pautas culturales para entrar al autobús y en la cola de la carnicerí­a. Todo comportamiento humano es "cultural": significa algo para el que lo lleva a cabo y significa algo para la gente de alrededor.

Este cambio de perspectiva, desde las "metafí­sicas"
y trascendentes "culturas"
hasta los comportamientos y prácticas REALES, empí­ricos nos impide escapar de tratar problemas éticos, valorativos. Cuando uno restringí­a -arbitrariamente- las "culturas"
a las distinciones "culturales"
motivadas por la separación geográfica y los lazos de parentesco, era más fácil escapar a estos dilemas razonando por etiquetas (en la siguiente entrada veremos cómo). Pero ahora, cuando descubrimos que un grupo de skinheads golpeando "salvajemente"
a un inmigrante está realizando una actividad significativa en un contexto determinado (conforme a patrones socio-culturales) ¿podemos seguir diciendo que todos los productos culturales humanos son "iguales"? ¿de lo mismo aplicar brujerí­a que ciencia a tu herida? ¿es lo mismo que un varón golpee a su pareja a que la trate por respeto?, o por poner casos menos extremos ¿da lo mismo el liberalismo que la socialdemocracia? (donde es más fácil que opinemos cosas distintas, pero algo opinaremos). Es decir, renunciar a la crí­tica cultural es renunciar a la crí­tica, a la valoración de los acontecimientos, a tener criterio sobre las cosas. Esta pose -de un relativismo extremo-, niega y a la vez esconde y por tanto deja fuera de la posibilidad de autocontrol, nuestra propia experiencia humana de valoración de las cosas.

Esto nos conduce al segundo "pecado original"
que aparece tendencialmente en el "multiculturalismo";
la apariencia de un punto de vista neutro.
Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.

Dionisio Aerofagita

(Sobre este tema ya habí­a adelantado algunas cosas en el Areópago)

LA NEUTRALIDAD APARENTE

Al margen de los problemas derivados del esencialismo cultural, cuando desde el "multiculturalismo" tradicional se determina que todas las "culturas" son "iguales" ¿se está hablando "desde fuera" del mundo moral? ¿más allá del bien y del mal? Como dice el ilustre Zapp Branigan, con el enemigo uno al menos sabe a qué atenerse, pero con los neutrales ¿quién sabe?

Me parece útil sacar a la palestra la distinción entre juicios de hecho y juicios de valor (yo añado un tercer tipo mixto pero no viene al caso). Los sofistas ya advirtieron que, al contrario que los juicios de hecho, los juicios de valor no son verificables empí­ricamente. Si yo digo "El blues mola" o "hace frí­o" no hay manera de comprobar objetivamente si "tengo razón"; todo lo más, se pueden convertir en juicios de hecho verificables "A Antonio le gusta el blues" o "Antonio tiene frí­o", o bien hacerse cálculos estadí­sticos para saber si a mucha gente le gusta ese tipo de música, o se puede medir la temperatura y deducir si mi sensación es anómala en comparación con la que sentirí­an la mayorí­a de las personas. Los relativistas extremos caen en la trampa de creer que, por el mero hecho de que estos juicios no son "objetivos", carecen de sentido (¡como si las personas fuéramos objetos!) y así­, se niegan así­ mismos al negar su propia experiencia de valoración de la realidad. Por ejemplo, salvo que tengamos un dí­a especialmente ingenuo, somos conscientes de que la razón de nuestro cariño por la gente que queremos no estriba en sus especiales cualidades objetivamente mensurables y contrastables, de manera que fueran el resto de las personas del mundo las que hubieran errado en sus preferencias; pero ello no nos impide seguirlos queriendo y disfrutar (o sufrir) esta experiencia.

El relativismo arcaico tendí­a a considerar que los juicios de valor eran completamente "subjetivos", lo que no es del todo cierto, dado que en realidad son "intersubjetivos", es decir, compartidos. En primer lugar, son intersubjetivos debido a la "unidad psí­quica de la humanidad", es decir, al hecho de que todas las personas estamos hechas más o menos de la misma pasta; así­ un chirrido infernal y ensordecedor que dura una hora y hace daño al oí­do no podrá parecerle a nadie una música hermosa, por más vanguardista que sea, nadie tiene "calor" a cincuenta grados bajo cero y tienen que darse circunstancias muy especiales para que un padre no quiera a su hijo. En segundo lugar, son intersubjetivos porque se comunican, se difunden, se propagan, se negocian, se reformulan en distintos contextos sociales y culturales; así­, al margen de teorí­as mí­sticas sobre la música circulando por la "sangre", un "gitano" "español" tiene bastantes probabilidades de disfrutar del flamenco porque esta música haya formado parte de su historia personal; "el roce hace el cariño" e incluso el frí­o puede contagiarse en algún caso. Si el relativismo arcaico cargaba las tintas en el "subjetivismo", el relativismo "multicultural" tiende a magnificar esta influencia de la "cultura" considerada como una "cosa" homogénea que determina casi completamente la conducta del individuo. Así­, lo que hacemos está determinado por nuestra "cultura", de manera que todos los juicios morales son relativos, porque son culturales y todas las "culturas" son iguales en dignidad dado que cualquier comparación que se haga entre ellas será "etnocéntrica".

Este argumento cae en la tí­pica contradicción del relativismo extremo. Parece una opinión objetiva, cientí­fica, impersonal, al margen de todo etnocentrismo. El robot aliení­gena e inhumano "Neutro" con el mundo en sus manos que aparece en la ilustración. No obstante, ahora que nos hemos desembarazado de una visión esencial de las culturas es más fácil ver que los "multiculturales" están también -como todo el mundo- culturalmente condicionados. Boas y sus epí­gonos no surgieron del vací­o de la inexistencia ni del corazón de la selva amazónica, sino de una sociedad concreta: la sociedad norteamericana a finales del siglo XIX y durante el siglo XX. Aunque hay experiencias de relativismo por doquier, el multiculturalismo tal y como lo conocemos sólo puede surgir en una sociedad funcionalmente especializada, "individualista" en el sentido de Berger y Luckman (es decir, la gente está acostumbrada a cambiar de "roles", de manera que estos no se imponen tan automáticamente como en las sociedades menos complejas y puede contemplarse el rol social con cierta distancia). Los multiculturales estaban imbuidos de "cultura occidental" -si es que el término significa algo- y también de "cultura multicultural" en la medida en que en las sociedades modernas conviven diversos patrones ideológicos, que, por supuesto, son también "culturales" en el sentido que utilizábamos en las entradas anteriores.

Así­ pues, la idea de que "todas las 'culturas' son iguales" es un juicio de valor, tan "subjetivo" y al mismo tiempo tan "culturalmente condicionado", es decir, tan "etnocéntrico" como la idea de que "mi 'cultura' es superior a las demás". Como tantos juicios de valor, ambas ideas se imponen a los "nativos" (es decir a las personas que operan en un marco cultural) como si fueran pura realidad objetiva, grabada a fuego en las raí­ces de la existencia humana. Pero no son verificables. El problema especí­fico de la primera es que no puede evitar caer en las contradicciones lógicas del relativismo: "no hay ninguna verdad absoluta y esto es absolutamente cierto"; cualquiera que diga que todos los patrones culturales son iguales en valor debe aceptar que esa misma afirmación sea relativizada y que los nativos de las "culturas" que tú consideras "iguales" estén culturalmente condicionados para creer que esto no es cierto.

Pero entonces si en el debate ético nos ponemos de acuerdo en una serie de valores, de axiomas, de principios "superiores" a otros, ¿podrí­amos entonces argumentar sobre esos axiomas que una "cultura" es "superior" a otra o que, por el contrario, todas las "culturas" son iguales, en base a la densidad de estos principios que hemos considerados "superiores"? Lo veremos en seguida.
Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.

Dionisio Aerofagita

ETIQUETAS ÉTICAS ÉTNICAS

Aunque les tenga una cierta maní­a personal, seguro que las "etiquetas sociales" sirven para algo; sobre todo si se plantean como instrumento para profundizar reflexivamente sobre nuestra propia identidad. ¿Qué significa para los que así­ se califican ser "musulmán"? ¿Ser "liberal"? ¿Ser "de izquierdas"? ¿ser "español?, ¿ser "mujer"?, etc.

Pero en la discusión ética y polí­tica, las etiquetas son frecuentemente un lastre: en primer lugar, desví­an continuamente la conversación desde los contenidos que se pretendí­an debatir hacia las supuestas caracterí­sticas personales de los interlocutores; en segundo lugar -y es lo que me interesa destacar-, conducen a argumentos circulares en los que tendemos a camuflar nuestros intereses (materiales o simbólicos) situándolos en la etiqueta que nos resulte más oportuna. Casi nadie es partidario de la "Injusticia" y casi todos nos llenamos la boca defendiendo la "Justicia"; si fuera sólo por la etiqueta, estarí­amos todos de acuerdo. Y sin embargo, aquello que metemos en la "caja" de la Justicia diverge de una persona a otra y casi siempre está condicionado por sus intereses. Argumentar a base de etiquetas es muy cómodo: nos permite evadirnos del pronunciamiento sobre contenidos concretos. Y es más cómodo cuanto más amplias, ambiguas y omnicomprensivas son nuestras etiquetas: no hay nada como generalizar acerca de los "musulmanes" -refiriéndonos a unos 1200 millones de personas pertenecientes a grupos étnicos y contextos sociales, económicos y culturales muy diversos-, salvo quizás dedicarnos a hacer grandes declaraciones sobre la presunta "cultura occidental" (a la que dedicaremos otras entradas). De este humus se nutren el "choque" y la "alianza" de civilizaciones: de una concepción "esencialista cultural" que habla de las "civilizaciones" como si fueran cosas tangibles y separadas, que "existen" como existe un árbol o una piedra y no categorí­as construidas socialmente en función de la perspectiva y de los intereses de cada uno.

Es muy fácil argumentar que una "cultura" es "superior" a otra; de la misma manera es sencillo argumentar que "todas" las "culturas" son "iguales"; un buen sofista puede defender ambas cosas, incluso partiendo de unos valores comunes y consensuados. Puesto que las "culturas" son categorí­as artificiales para generar conocimiento, basta con definirlas de la manera que más nos interese.

Por ejemplo, si nos interesa emprenderla contra los "musulmanes" (para justificar determinados intereses materiales o para tener un "Otro" al que oponernos con objeto de obtener identidad social positiva), basta con meter en el saco del Islam todo aquello que realicen personas adscritas a esta religión: ya sea la mutilación genital femenina, el burka, el terrorismo "islámico", o incluso cosas tan alejadas de la religión como los disturbios parisinos (ignorando los importantí­simos factores socioeconómicos). El resultado del razonamiento estaba predeterminado dogmáticamente: nada ni nadie puede hacernos desistir de nuestro prejuicio; cualquier cosa que se salga de nuestra visión interesada podrí­a interpretarse como sutiles mentiras destinadas a propiciar una futura "invasión", incoherencias de los sujetos con la "verdadera esencia" de su religión (siempre aquello que menos nos gusta de ella) o pequeñas liberalidades propias de "falsos" musulmanes o de personas en proceso de dejar de serlo.

Ante estas declaraciones, otros podemos reaccionar "a la defensiva"; es normal que lo hagan los "musulmanes", por ejemplo, si ven "agredida" su identidad (como si a alguien que se considera "de derechas" le dicen que ser "de derechas" implica por narices ser partidario del franquismo y no le parece). Pero muchos que no somos musulmanes salimos a la defensiva, en el mejor de los casos con nuestro "interés" puesto en eliminar esa degradación simbólica de las personas por adscribirlas a una etiqueta (y en el peor de los casos por adscribirnos irreflexivamente a la moda progre de turno). De una manera o de otra, nuestra defensa consiste en sacar de la "etiqueta" todo lo que no nos gusta: y así­ destacar que el burka no está prescrito en el Corán, que la mutilación genital femenina es una práctica cultural ajena al Islam que a veces coincide y a veces no con su ámbito de expansión, que los terroristas "islámicos" están teóricamente cometiendo "pecado" tanto por homicidas como por suicidas o que en 1991 hubo unos disturbios de inmigrantes hispanos en Mount Peasant (Washington) que recuerdan en algo a los de Parí­s en condiciones estructurales de cierta semejanza. En esta defensa se nos olvida que estamos hablando por la identidad de otros y que a este respecto son bastante más autorizadas las opiniones que tengan los musulmanes (unos y otros) que las nuestras; y que, en ciertos casos, algunos musulmanes pueden considerar que estas conductas guardan relación con su religión (ignorar esta conexión, significativa para ellos nos puede dar una visión deformada del asunto). En resumen, no ser conscientes de que simplemente nos estamos adscribiendo a la opinión que más nos interesa y que la apoyarí­amos aunque fuera completa y absolutamente minoritaria.

A esta discusión sobre las "esencias" de la "musulmanidad" habrá que dedicar otras entradas. Ahora es un simple ejemplo de cómo razonando por etiquetas todo vale, vale todo. Y los discursos pueden terminar quedando vací­os de contenido por empeñarse en colgar sambenitos positivos o negativos sobre las personas en lugar de referirse DIRECTAMENTE a dilemas éticos o polí­ticos y enjuiciar comportamientos, no colectivos. Hablemos del burka, de la mutilación genital femenina, etc., la hagan los "musulmanes", los klyprogianos o los Guerreros de la Luz (religiones inventadas sobre la marcha); y no proyectemos automáticamente sobre los Otros todo lo que no queremos, no sea que así­ (y al ignorar por irrelevante todo lo que no se corresponda con nuestro prejuicio) estemos precisamente dando alas a nuestros miedos.

¿Pero entonces, no puede hacerse crí­tica socio-cultural sin caer en la trampa? ¿Puede hablarse de conductas concretas sin utilizar la muletilla de las etiquetas? ¿No puede criticarse el Islam, el cristianismo, el liberalismo, el anarquismo, el socialismo, el comunismo, el fascismo, el nazismo, etc.? Lo importante es dónde está el énfasis, pero dónde está DE VERDAD, no formalmente, porque el razonamiento "por etiquetas" que describo opera casi siempre de manera inconsciente. Cuando el énfasis está en los comportamientos concretos, sabemos e interiorizamos que las etiquetas son sólo "muletillas" para poder englobar conceptos y que pueden tener mayor o menor consistencia estadí­stica, pero que nunca son absolutos; así­, nuestras etiquetas quedan matizadas, estamos dispuestos a dejar que la realidad nos las desmienta, en algún caso o en la mayorí­a. Cuando el énfasis está en los sujetos y LO IMPORTANTE SON LAS ETIQUETAS, entonces estaremos dispuestos a creer lo que haga falta para satisfacer nuestros intereses inmediatos; seremos auténticos cruzados del odio... o del "multiculturalismo"; y todo ese paraí­so artificial, ilusorio, creado para sentirnos cómodos nos mantendrá sedados e incapaces de reaccionar de manera responsable y consciente ante la nueva realidad de los tiempos interesantes que se nos avecinan.

Pero antes de renunciar del todo a la pregunta-trampa de si hay culturas superiores a otras (que en mi opinión nos despista y nos aleja del trabajo intercultural realmente necesario), hay que plantearla de otra manera. ¿Pero... no hay algo en la llamada "cultura occidental" que la hace "superior" a todas las demás debido a su éxito empí­rico?

Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.

Dionisio Aerofagita

SALVAJES, BíRBAROS CIVILIZADOS

Hay quien dice que no hay "choque de civilizaciones" sino el viejo conflicto entre civilización y barbarie (o salvajismo), tema mí­tico donde los haya, el dios Ra destruyendo las serpientes del Caos en su paso por el Infierno, el Faraón destruyendo a los pueblos bárbaros. Por supuesto, Civilización siempre somos Nosotros y los bárbaros o salvajes siempre son Ellos, seamos quienes seamos; y si alguna vez entre Nosotros se hace algo que no nos gusta, lo calificaremos como una "barbaridad", como un "acto de barbarie", o como una "salvajada" y apreciamos, por contra, un comportamiento "civilizado".

Antes de que Boas pusiera de moda la noción particularista de "culturas", predominaba entre los pioneros de la Antropologí­a una noción distinta de "cultura" (la definición más famosa es la que propuso Tylor). A partir de una metáfora agraria (la cultura era el fruto de haber "cultivado" el espí­ritu), se empezó a hablar de la "cultura" como un producto general de la actividad humana. Desde esta perspectiva, la "cultura humana" era una sola cosa y se trataba de un proceso de acumulación en la historia de la humanidad que atravesaba diversos estadí­os evolutivos (normalmente llamados "salvajismo", "barbarie" y "civilización"). En cierto modo, en función de su posición en la escala evolutiva, las sociedades podí­an tener más o menos "cultura". Todaví­a hoy seguimos diciendo que una persona "tiene cultura" o "es culto" o es "inculto", lo que concuerda con el origen etimológico ("cultivar" el espí­ritu), pero también con esta noción acumulativa. Lógicamente, esto no tiene nada que ver con las definiciones modernas, que, recordemos, hablaban de la cultura como un contexto que da sentido a la acción humana.
Como decí­amos en otra entrada, antes de Boas prácticamente toda la reflexión social era "irreflexivamente" racista. Así­ que lógicamente los civilizados eran superiores a los bárbaros y los bárbaros a los salvajes. En aquellos tiempos se confundí­a "evolución" con "progreso"; "evolución" es una simple descripción de lo que sucede (como sucede con la evolución de las especies), mientras que "progreso" implica una visión positiva del cambio. Este salto nunca debe ser automático, o se cae en la "falacia naturalista": convertir juicios de hecho en juicios de valor automáticamente, sin pagar peaje. Que algo suceda no implica necesariamente que nos parezca bien.
Ahora bien, la "cultura" tiene una clara dimensión adaptativa (de hecho, los materialistas culturales tienden a considerar las pautas culturales en función de su contribución a la adaptación al medio). Cuando una pauta determinada supone un triunfo del ser humano sobre el medio, una mayor independencia, tiene tendencia a propagarse, a triunfar y a sustituir a las viejas prácticas, menos eficaces. Dada la importancia que la adaptación tiene para los seres humanos, la "eficacia empí­rica" de una práctica, una vez advertida, tiene un valor en cierto modo universal (una vez esta eficacia se demuestra). Aquello que funciona, que tiene éxito, que se corresponde con la realidad, que logra incrementar la producción, etc., tiende a perpetuarse (a base de conquistas, de colonizaciones, de eliminación del enemigo, de difusión, etc.) Esto nos puede parecer bien, mal o regular -y casi siempre nos parecerá bien lo que nos funcione a nosotros mismos-, pero de un modo u otro, es lo que sucede y seguirá sucediendo de manera implacable.
En este sentido, aunque abandonada la noción esencialista y etiquetadora de las "culturas", sí­ que puede decirse que hay prácticas culturales "superiores" a otras desde el punto de vista de los juicios de hecho: aquellas más eficaces para adaptarse a un medio o contexto concreto, o a una diversidad de medios. Ahora bien, esta superioridad "empí­rica" dista mucho de una eventual superioridad "moral", aunque a nivel individual los seres humanos tendamos a quedarnos con lo que nos resulta más eficaz a nosotros si nuestro conocimiento sobre lo que es eficaz es acertado.
El cambio de la "barbarie" a la "civilización", por ejemplo, supone un aumento enorme de la producción, pero al mismo tiempo la introducción de fuertes desigualdades sociales y de la esclavitud; ¿es eso "bueno" o "malo"? Una vez más, los juicios de valor no son verificables, dependen de nuestra experiencia (que a su vez está condicionada, por supuesto, por nuestro contexto cultural). Por más que señalemos que el Holocausto nazi fue un acto de "barbarie", por más que consideremos que los atentados del 11-M o del 11-S eran reductos de un fanatismo medieval, por más que nos parezcan una "salvajada" las bombas de Hirosima y Nagasaki, no podremos cambiar la cruda realidad de que estos hechos sólo tienen sentido en el seno de la "civilización" y no de cualquiera, sino de la "civilización moderna", de la modernidad; y no sólo en los aspectos tecnológicos, sino también en los burocráticos, en los organizativos: en toda la "tecnologí­a social" que implica una mayor eficacia... en este caso letal eficacia dirigida perfectamente a la muerte de otros seres humanos.
La eficacia empí­rica no es un autómata fácil para decirnos lo que tenemos que hacer. Esto pone en su sitio el sentido de la superioridad de la "cultura occidental". A estas alturas, ya somos conscientes de lo inconsistente de este término. Pero quizás podamos seguir profundizando un poco...
Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.

Dionisio Aerofagita

Si hay una expresión ambigua, general, abstracta, casi vací­a de contenido que convenientemente podemos ir rellenando de lo que nos interesa en cada momento, esa es la expresión "cultura occidental". No digo que esté prohibido utilizarlo, pero, si lo hacemos, tenemos que ser conscientes de sus enormes limitaciones.

-Primero: tiene el problema de cualquier definición de una "cultura" dada: el peligro del "esencialismo", que ya hemos tratado en otras ocasiones.

-Segundo: cuanto más amplio sea el grupo del que se predica la "cultura" más inexacto es el término. En este caso, parece que nos referimos a mil o a miles de millones de personas, no muy bien delimitadas.

-Tercero: se define por oposición a un "Oriente" imaginario y simplificado. Un "oriente" que no está en oriente, sino en todas partes. De esta manera, en un discurso autorreferente, se construye la definición de "cultura occidental", por oposición a lo que creemos que son los Otros; y terminamos concibiendo a los "Otros" por oposición a nuestro propio concepto simplificado de la "cultura occidental". Aunque somos capaces de ver las diferencias dentro de los "occidentales", los Otros quedan simplificados en un mismo saco (o en un número muy limitado de sacos) que se presume homogéneo, ignorándose las profundas diferencias culturales en su seno. Esto es lo que se llama en Psicologí­a Social: "percepción de heterogeneidad del endogrupo e ilusión de homogeneidad del exogrupo" y es una tendencia general que se aplica casi a cualquier cosa.

-Cuarto: divide la realidad en función de un principio geográfico, enormemente inexacto. Así­, podemos ser incapaces de ver los rasgos de cultura occidental que puede tener un paí­s africano o un terrorista islámico (sencillamente porque los hemos situado al otro lado del abismo) o los rasgos de tradición premoderna que subsisten en los paí­ses "occidentales" -que se parecen a los rasgos premodernos de muchos otros sitios.

-Quinto: mezcla confusamente lo que es "evolutivo" (y por tanto implica una superioridad fáctica, que no moral) y lo que no lo es. Los antiguos evolucionistas, por ejemplo, describí­an una evolución de las "religiones" (y por supuesto, el "cristianismo" era más "avanzado" que la religiosidad primitiva, aunque algunos propugnaran su desaparición). Ciertamente, distintas estructuras sociales e infraestructuras económicas implican también distintas formas ideológicas o religiosas, pero a veces la conexión se muestra de manera demasiado simple.
El "cristianismo", por ejemplo, se considera habitualmente como uno de los rasgos más básicos de la "cultura occidental" pero ello no significa que sea una forma más "evolucionada" que otras religiones. El éxito en su difusión puede deberse en parte a su vigor simbólico, pero mucho más claramente está determinado por su asociación histórica con sociedades "modernas", que siempre tienen las de ganar. Hay rasgos culturales que han ayudado a Europa a triunfar en el plano de los hechos (no necesariamente en el moral) y quizás podrí­amos englobarlos en otra macro-categorí­a menos imprecisa: la "racionalidad moderna". A base de convivir con ella, el "cristianismo" se ha contagiado en parte de la racionalidad moderna (y sobre todo de sus antecedentes), pero también ha convivido con muchas otras pautas y se ha adaptado a ellas; en muchas ocasiones opera incluso como supervivencia de tradiciones premodernas.
Hablar de "cultura occidental" no tiene mucho sentido ni utilidad en la mayorí­a de los casos. En cambio, hablar de "racionalidad moderna" nos ayuda a entender mucho mejor algunos de los conflictos socio-culturales de nuestro tiempo: el conflicto entre tradición y modernidad que se produce en los paí­ses occidentales y que en cierto modo es la raí­z del pensamiento sociológico, el que se produce actualmente en todos los paí­ses del mundo -pues la implacable modernidad ya lo ha cubierto todo- y el que pudiera producirse como consecuencia de la llegada de inmigrantes, que ya están indudablemente "modernizados", pero en distinto grado. Sigue siendo una simplificación, pero ésta me parece bastante más útil.
Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.

Mozart

Sigo este hilo con interés. De otras ocasiones que se ha tratado este tema recuerdo haber encontrado ideas bastante lúcidas acerca de las culturas, el pensamiento monista/relativista/pluralista y otras cuestiones en trabajos de Isaiah Berlí­n.
A ver si rescato algo de este hombre que creo puede aportar algo a lo ya mucho aportado por ti. Gracias por el esfuerzo.

saludos

Dionisio Aerofagita

Citar
A ver si rescato algo de este hombre que creo puede aportar algo a lo ya mucho aportado por ti. Gracias por el esfuerzo.

Se agradecerá, pues no le he leí­do nada todaví­a. Quede claro que, aunque yo voy siguiendo una especie de lí­nea argumental (la que llevo en el blog del que la entresaco), me agrada que en el hilo haya otras cosas y otras perspectivas sobre el tema, si es que a alguien le apetece.
Que no sean muchas tus palabras, porque los sueños vienen de la multitud de ocupaciones y las palabras necias, de hablar demasiado.