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Nueva edición del clásico de Dickens con una presentación elegante y cuidada a cargo de Valdemar. La edición incluye multitud de notas del traductor para quien se interese por conocer los referentes sociales y de constumbres del contexto histórico en el que transcurre la novela.

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 En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor.

Segunda entrega de la adaptación gráfica de la novela de Marcel Proust, con un dibujo estilo Hergé que recrea cuidadosamente el entorno precido y evocador en el que transcurre la novela.

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Lenka es una cantautora pop australiana que ha participado con sus canciones en bandas sonoras de series de máxima audiencia en EEUU como Anatomía de Grey o Betty, y que ha reunido en este album debut.

La puerta en el muro (H.G. Wells) PDF Imprimir E-mail
Escrito por California   
Martes, 17 de Abril de 2007 18:54

 

 

 

 

–¡Estaba fingiendo! –decidí, y luego–: ¡Qué bien lo hizo!... ¡No es ni mucho menos lo que hubiera esperado que, precisamente él, hiciera bien!

Más tarde, mientras, sentado en la cama, sorbía el té matutino, me encontré intentando explicarme la sensación de realidad que me había dejado perplejo en sus reminiscencias imposibles, suponiendo que, en cierto modo, hubieran sugerido, presentado, transmitido –casi no sé qué palabra utilizar– unas experiencias que de otro modo resultaban imposibles de contar.

Pues bien, ahora no me atengo a esa explicación. He superado las dudas que me surgían. Ahora creo, como creí en el momento del relato, que Wallace me reveló lo mejor que pudo la verdad de su secreto. Pero si vio personalmente o sólo creyó ver, si fue poseedor de un privilegio inestimable o víctima de un sueño fantástico, no puedo pretender adivinarlo. Ni siquiera las circunstancias de su muerte, que acabaron para siempre con mis dudas, arrojan alguna luz sobre ello.

Todo eso el lector deberá juzgarlo por sí mismo.

No recuerdo ahora qué comentario casual, qué crítica mía indujo a un hombre tan reticente a confiar en mí. Estaba, creo, defendiéndose de una imputación de negligencia y falta de credibilidad que yo le había hecho en relación con un gran movimiento público en el que él me había decepcionado. Pero de repente fue directo al grano:

–Tengo una preocupación. Sé –continuó tras una pausa– que he sido negligente. El hecho es... no se trata de un caso de fantasmas o de apariciones... pero... es algo que suena raro al contarlo, Redmond... estoy hechizado. Estoy hechizado por algo... como que me quita brillo a las cosas, que me llena de anhelos...

Hizo una pausa, reprimido por esa timidez inglesa que tan a menudo nos atenaza cuando hablamos de cosas conmovedoras, graves o bellas.

–Tú estudiaste siempre en Saint Athelstan’s –afirmó, y por un momento eso me pareció completamente irrelevante–. Bien... –y se detuvo.

Entonces, de forma muy entrecortada al principio, pero con mayor soltura después, empezó a contarme aquello que ocultaba en su vida, el perenne recuerdo de una belleza y una felicidad que llenaba su corazón de anhelos insaciables, que hacía que todos los intereses y el espectáculo de la vida mundana a él le parecieran algo insípido, tedioso y vano.

Y ahora que tengo la clave, la historia parece estar visiblemente escrita en su rostro. Tengo una fotografía que ha captado, intensificándola, aquella mirada de despego. Me recuerda lo que en cierta ocasión dijo de él... una mujer que le había amado mucho.

–De repente –comentaba– se desinteresa. Te olvida. No le importas nada... ni estando delante de sus mismas narices...

Sin embargo no siempre le abandonaba el interés y cuando mantenía fija su atención en algo Wallace sabía arreglárselas para ser un hombre sumamente brillante. Su carrera, en efecto, está jalonada de éxitos. Me dejó atrás hace mucho tiempo, sobresalió muy por encima de mí y dejó en el mundo una huella que, de todas formas, yo no pude dejar. Todavía le faltaba un año para cumplir los cuarenta y ahora dicen que, de haber vivido, estaría en el gobierno y que con toda probabilidad formaría parte del nuevo gabinete.

En el colegio siempre me ganaba sin esfuerzo, como si fuera algo natural. Fuimos compañeros en el Saint Athelstan’s College de West Kensington durante casi toda nuestra época escolar. Llegó al colegio con el mismo nivel que yo, pero terminó muy por encima de mí con una aureola de becas y de actuaciones brillantes. Aunque creo que yo hice, en general, un buen papel. Y fue en el colegio donde oí hablar por primera vez de la puerta en el muro... de la que no me iba a hablar otra vez hasta un mes antes de su muerte.

Para él, al menos, la puerta en el muro era una puerta real, que, a través de un muro real, conducía a unas realidades inmortales. De eso ahora estoy totalmente seguro.

Y apareció en su vida muy temprano, cuando era un crío entre los cinco y los seis años. Recuerdo cómo razonó y calculó la fecha, mientras, sentado, me hacía su confesión con lenta gravedad.

–Había –dijo– una enredadera de Virginia de color carmesí... toda ella de un carmesí brillante y uniforme que trepaba por un muro blanco bajo la luz de un sol claro y ambarino. Eso se me quedó grabado de alguna manera, aunque no recuerdo bien cómo, y había hojas de castaño de Indias esparcidas por la limpia acera delante de la puerta verde. Tenían manchas amarillas y verdes, sabes, no secas ni sucias, así es que debían de haber caído recientemente. Supongo, por tanto, que era octubre. Todos los años estoy pendiente de las hojas de los castaños y tenía que saberlo. Si eso es cierto, yo tenía unos cinco años y cuatro meses.

Fue, según dijo, un crío bastante precoz... aprendió a hablar a una edad anormalmente temprana y era tan juicioso y tan anticuado, como dice la gente, que le permitían una cantidad de iniciativas que la mayoría de los niños apenas si consiguen a los siete u ocho años. Su madre murió cuando él tenía dos años y quedó al cuidado menos vigilante y autoritario de una institutriz. Su padre era un abogado severo y abstraído que le prestó poca atención y esperaba grandes cosas de él. Toda esa brillantez fue la causa, creo, de que encontrara la vida gris y aburrida. Y un día se marchó por ahí.

No recordaba qué descuido concreto le había permitido escaparse, ni tampoco la dirección que había tomado por las calles de West Kensington. Todo eso se había desvanecido entre los irremediables vacíos de la memoria. Pero el muro blanco y la puerta verde destacaban con toda claridad.

Tal y como recordaba aquella experiencia infantil, tan pronto como vio aquella puerta experimentó una emoción especial, una atracción, un deseo de acercarse a ella, de abrirla y de cruzarla. Y al mismo tiempo tuvo el más claro convencimiento de que sería imprudente o equivocado por su parte –no supo decir cuál de las dos– ceder a aquella atracción. Insistió, como detalle curioso que sabía desde el principio –a menos que la memoria le hubiera jugado una malísima pasada– en que la puerta estaba abierta y que podía entrar cuando quisiera.

Me parece estar viendo la figura de aquel crío atraído y repelido. Y tenía también muy claro, aunque nunca se explicara por qué había de ser así, que su padre se enfadaría mucho si él atravesaba aquella puerta.

Wallace me describió aquellos momentos de duda con todo detalle. Pasó por delante de la puerta y entonces, con las manos en los bolsillos y haciendo un intento infantil de silbar, se paseó hasta más allá del final del muro. Allí recuerda algunas tiendas sucias y miserables, especialmente la de un fontanero y decorador con un polvoriento desorden de tuberías de barro, planchas de plomo, grifos, muestrarios de papeles pintados y botes de esmalte. Se detuvo allí pretendiendo examinar aquellas cosas, pero codiciando la puerta verde, deseándola apasionadamente.

Entonces, dijo, había sentido una emoción repentina. Había corrido hacia ella, no fuera a ser que la duda volviera a dominarle, la franqueó sin más con la mano estirada y dejó que la puerta verde se cerrara de golpe tras él. Y así, en un instante, entró en el jardín que le ha obsesionado durante toda su vida.

A Wallace le resultó muy difícil transmitirme todas las sensaciones que le había producido aquel jardín.

Había algo en su misma atmósfera que estimulaba, que le daba a uno una sensación de ligereza, de grato acontecer y de bienestar; tenía algo que hacía que al verlo todos sus colores resultaran nítidos, perfectos y sutilmente luminosos. En el mismo instante de entrar, uno se sentía exquisitamente feliz... como sólo en raros momentos, cuando se es joven y alegre, puede uno sentirse feliz en este mundo. Y allí todo era hermoso...

Wallace se quedó meditando antes de proseguir su relato.

–Verás –me dijo, con el tono de duda del que se detiene ante lo increíble–, había allí dos grandes panteras... Sí, panteras moteadas. Y no tuve miedo. Había un largo y ancho camino flanqueado por macizos de flores con bordillos de mármol a ambos lados, y estas dos enormes y aterciopeladas bestias jugaban allí con una pelota. Una de ellas, un poco curiosa por lo visto, levantó la vista y vino hacia mí. Vino directamente hasta mí, frotó su suave y redonda oreja muy delicadamente contra la manita que le tendí y ronroneó. Era, te lo aseguro, un jardín encantado. Lo sé. ¿El tamaño? ¡Oh! Se extendía todo a lo largo y a lo ancho. Creo que había colinas a lo lejos. Dios sabe adónde había ido a parar West Kensington de repente. Y, de alguna manera, era como volver a casa.

»¿Sabes? En el mismo instante que se cerró la puerta tras de mí, olvidé la calle con sus hojas de castaño caídas, sus coches y los carros de los artesanos, olvidé la especie de retroacción gravitatoria hacia la disciplina y la obediencia domésticas, olvidé todas las dudas y temores, olvidé la discreción, olvidé todas las realidades íntimas de esta vida. En un momento me convertí en un crío muy alegre y lleno de curiosa felicidad... que vive en otro mundo. Era un mundo de una calidad diferente, con una luz más cálida, más penetrante y más suave, con una atmósfera de alegre y delicada claridad y mechones de nubes doradas por el sol en su cielo todo azul. Y ante mí se extendía, tentador, ese camino largo y ancho, con macizos sin hierbajos, rebosantes de flores silvestres a ambos lados, y estas dos grandes panteras. Puse sin temor mis manitas sobre su suave piel y acaricié sus redondas orejas y los sensibles rincones bajo las orejas, y jugué con ellas y era como si me estuvieran dando la bienvenida al hogar. Notaba una aguda sensación de regreso a casa en mi corazón y cuando al poco apareció una muchacha alta y rubia en el camino y vino a mi encuentro, sonriendo y me dijo: “¿Y bien?”, y me levantó y me besó y volvió a ponerme en el suelo y me tomó de la mano, no hubo por mi parte ningún asombro, sino sólo una impresión de deliciosa naturalidad, de que me recordaran las cosas felices que de forma extraña habían olvidado conmigo.

Había anchos peldaños rojos, lo recuerdo muy bien, que aparecieron a la vista entre espigas de consuelda, y después de subirlos, llegamos a una gran avenida entre árboles muy viejos y frondosos. A lo largo de toda esta avenida, sabes, entre los tallos rojos agrietados, había asientos de honor de mármol y estatuas y palomas blancas muy mansas y amistosas.

»Por esta fresca avenida me llevó mi amiga, con la vista baja –recuerdo sus facciones agradables, la barbilla finamente modelada de su dulce y gentil rostro– haciéndome preguntas con voz suave y afable, y contándome cosas, cosas bonitas, lo sé, aunque nunca pude recordar cuáles eran... Pronto, un mono capuchino muy limpio, con el pelo castaño rojizo y simpáticos ojos de color avellana, bajó de un árbol hacia nosotros y corrió junto a mí, mirándome y haciéndome muecas y al poco saltó sobre mi hombro. Así que los dos continuamos nuestro camino rebosantes de felicidad.

Se detuvo.

–Continúa –dije.

–Recuerdo pequeños detalles. Pasamos a un anciano absorto entre los laureles, recuerdo, y por un lugar alegrado por papagayos y atravesamos una amplia columnata sombreada hasta un palacio fresco y espacioso, lleno de fuentes placenteras, lleno de cosas hermosas, lleno de todo cuanto nuestro corazón pudiera anhelar. Y había muchas cosas y muchas personas, algunas todavía parecen destacar claramente y otras de forma más vaga, pero todas ellas eran hermosas y amables. De algún modo, no sé cómo, se me dio a entender que todas eran amables conmigo, que estaban contentas de tenerme allí, llenándome de alegría con sus gestos, con el tacto de sus manos, con la mirada de bienvenida y cariño en sus ojos. Sí...

Meditó durante un rato.

–Encontré allí compañeros de juegos. Eso fue importante para mí, porque yo era un crío solitario. Jugaban a unos juegos deliciosos en un patio cubierto de hierba donde había un reloj de sol hecho de flores. Y al tiempo que se jugaba, se amaba...

»Pero... es extraño... hay un vacío en mi memoria. No recuerdo los juegos a los que jugábamos. Nunca los recordé. Más tarde, de muchacho, pasé muchas horas intentando, incluso con lágrimas, recordar la forma de esa felicidad. Quería volver a jugar a ella repitiéndola entera desde el principio... en mi cuarto de juegos... solo. ¡No! Todo lo que recuerdo es aquella felicidad y a dos queridos compañeros de juegos que fueron de lo más cariñoso conmigo... Entonces, al poco tiempo, apareció una mujer morena y sombría, con cara pálida y grave y ojos soñadores, una mujer triste, vestida con una túnica larga y lisa de color púrpura pálido, que llevaba un libro, y me hizo señas y me llevó aparte con ella a una galería sobre un vestíbulo... aunque mis compañeros de juegos eran reacios a dejarme marchar y dejaron de jugar y se quedaron mirándome mientras me apartaban de ellos.

–¡Vuelve con nosotros! –gritaron–. ¡Vuelve pronto con nosotros!

Levanté la vista hacia la cara de la mujer, pero no les prestó ninguna atención. Tenía un rostro muy dulce y grave. Me llevó hasta un asiento de la galería y me quedé de pie junto a ella dispuesto a mirar su libro mientras empezaba a abrirlo sobre sus rodillas. Las páginas se abrieron. Ella señaló y yo miré, quedándome atónito, porque en las páginas vivas de aquel libro me veía a mí mismo. Era un cuento sobre mí y en él estaban todas las cosas que me habían pasado desde que nací... A mí me parecía maravilloso, porque las páginas del libro no eran ilustraciones, ¿comprendes?, sino realidades.

Wallace hizo una pausa con semblante de gravedad y me miró con cara de duda.

–Continúa –le animé–. Lo comprendo.

–Eran realidades... sí, deben de haberlo sido, sin duda. La gente se movía y las cosas iban y venían dentro de ellas, mi querida madre, a quien casi había olvidado, luego mi padre, serio y tieso, los criados, el cuarto de juegos, todas las cosas familiares de casa. Luego la puerta principal y las calles ajetreadas con tráfico de un lado para otro. Miré y me maravillé, y volví a mirar medio dudando la cara de la mujer y pasé las páginas, saltándome esto y lo otro, para ver el libro más y más, y así por fin me encontré a mí mismo, indeciso y vacilante, ante la puerta verde del largo muro blanco, y volví a sentir el conflicto y el miedo.

»¿Y después? –grité yo, y hubiera pasado la página pero la fría mano de la grave mujer me detuvo.

»¿Y después? –insistí, y forcejeé suavemente con su mano, tirando de sus dedos con todas mis fuerzas infantiles, y cuando cedía y yo pasaba la página, se inclinó sobre mí como una sombra y me besó la frente.

»Pero la página no mostraba el jardín encantado, ni las panteras, ni la muchacha que me había llevado de la mano, ni los compañeros de juegos tan reacios a dejarme marchar. Mostraba una calle larga y gris de West Kensington, en aquella fría hora de la tarde antes de que enciendan las farolas; y yo estaba allí, una figurilla desgraciada, llorando a gritos, que era todo lo que podía hacer para contenerme, y lloraba porque no podía volver con mis queridos compañeros de juegos que me habían gritado al marcharme: ¡Vuelve con nosotros! ¡Vuelve pronto con nosotros! Allí estaba yo. Ésta no era ninguna página de libro, sino la cruda realidad, ese lugar encantado y la desalentadora mano de la grave madre junto a cuyas rodillas había estado, se habían ido... ¿adónde habían ido?

Se detuvo otra vez, y permaneció un rato contemplando el fuego fijamente.

–¡Oh, qué tristeza la de aquel regreso! –murmuró.

–¿Y bien? –intervine yo tras un minuto o así.

–¡Qué desgraciado era! ¡Devuelto otra vez a este mundo gris! Y cuando me di plena cuenta de lo que me había ocurrido, cedí a una pena completamente incontrolable. Y la vergüenza y la humillación de aquellas lágrimas vertidas en público y mi desgraciada vuelta al hogar todavía las tengo metidas en el alma. Veo de nuevo al anciano caballero de mirada benevolente y gafas de oro que se detuvo a hablar conmigo, pinchándose primero con su paraguas.

»–Pobrecillo –dijo–. ¿Así que te has perdido?

»¡Yo... un niño londinense de más de cinco años!

»Y tenía necesariamente que traer a un joven y amable policía y rodearme de gente y de esa guisa llevarme en procesión hasta casa. Sollozando, llamando la atención y asustado, volví desde el jardín encantado a los peldaños de la casa de mi padre.

»Eso es todo lo que puedo recordar de la visión de aquel jardín... el jardín que aún me obsesiona. Por supuesto, no puedo transmitir nada de aquella indescriptible calidad de irrealidad translúcida, de aquella diferencia con las cosas de la experiencia cotidiana que todo lo envolvía. Pero eso... eso es lo que sucedió. Fue un sueño, estoy seguro de que se trató de un sueño a la luz del día y absolutamente extraordinario... ¡Hem! Naturalmente, lo que siguió a continuación fue un terrible interrogatorio por parte de mi tía, mi padre, la niñera, la institutriz... todo el mundo.

»Traté de contárselo todo y mi padre me propinó la primera zurra por decir mentiras. Cuando más tarde intenté contárselo a mi tía volvió a castigarme por mi malvada persistencia. Luego, como dije, se les prohibió a todos escucharme, oír una sola palabra de todo ello. Incluso me quitaron mis libros de cuentos de hadas durante un tiempo... porque yo era demasiado imaginativo. ¡Ah, sí! ¡Eso hicieron! Mi padre pertenecía a la vieja escuela... y mi historia quedó enterrada en mí mismo. Se la susurraba a mi almohada... a mi almohada que con frecuencia notaba húmeda y salada en los labios susurrantes a causa de mis lágrimas infantiles. Y siempre añadía a mis oraciones oficiales y menos fervorosas esta súplica de corazón: –Por favor Señor, permíteme soñar con mi jardín. Oh, llévame otra vez a mi jardín. ¡Llevarme otra vez a mi jardín! Soñé a menudo con el jardín. Puede que le haya añadido cosas, puede que lo haya cambiado, no sé... Todo esto, comprendes, es un intento de reconstruir, con recuerdos fragmentarios, una experiencia muy temprana. Entre éste y los otros recuerdos subsiguientes de mi juventud hay un abismo. Llegó un tiempo en que me pareció imposible que volviera a hablar de ese maravilloso atisbo.

Le hice una pregunta obvia.

–No –respondió–. No recuerdo haber intentado nunca encontrar de nuevo el camino de vuelta al jardín en aquellos primeros años. Ahora eso me parece extraño pero creo que probablemente tras aquel percance mantuvieron una vigilancia más estrecha sobre mis movimientos para impedir que me descarriara. No, hasta la época en que me conociste no volví a intentar encontrar el jardín de nuevo. Y creo que hubo un tiempo –por increíble que ahora pueda parecer– en que me olvidé por completo del jardín... puede que fuera cuando tenía entre ocho y nueve años. ¿Te acuerdas de mí cuando era un crío en Saint Athelstan’s?

–Desde luego.

–En aquel tiempo no di ninguna señal de tener un sueño secreto, ¿verdad?

 

 

 

2

 

Levantó la vista con una sonrisa repentina.

–¿Jugaste alguna vez conmigo al Paso del Noroeste?... ¡No, por supuesto, no venías por mi camino!

»Era la clase de juego –continuó– al que los niños imaginativos juegan todo el tiempo. La idea era la de descubrir un paso por el noroeste al colegio. El camino del colegio estaba bastante trillado, el juego consistía en encontrar algún otro camino menos corriente saliendo diez minutos antes en alguna dirección casi sin sentido y orientarme por calles insólitas hasta mi objetivo. Y un día me enredé en unas calles de gente humilde al otro lado de Campden Hill y empecé a pensar que, por una vez, el juego se volvería contra mí y que llegaría tarde al colegio. Probé desesperadamente por una calle que parecía un callejón sin salida y encontré un paso al final. Me apresuré a cruzarlo con renovada esperanza. –Todavía lo lograré –me dije, y pasé una fila de destartaladas tiendecillas que me eran inexplicablemente familiares, y ¡fíjate!, ¡allí estaba mi largo muro blanco y la puerta verde que conducía al jardín encantado!

»Se me presentó de golpe repentinamente. Así que, después de todo, el jardín, aquel maravilloso jardín, ¡no era un sueño!

Hizo una pausa.

–Supongo que mi segunda experiencia de la puerta verde marca la enorme diferencia entre la ajetreada vida del escolar y la de ocio infinito del niño. En todo caso esta segunda vez no pensé ni por un momento en entrar directamente. Sabes... por una parte estaba obsesionado con la idea de llegar a tiempo al colegio... obsesionado con no romper mi récord de puntualidad. Seguramente debo de haber sentido al menos un mínimo deseo de abrir la puerta... Sí, debo de haber sentido eso... Pero creo recordar la atracción de la puerta como otro obstáculo contra mi irresistible determinación de llegar al colegio. Desde luego, estaba enormemente interesado en este descubrimiento que había hecho –continué sin poder quitármelo de la cabeza–, pero continué. No me detuvo. Pasé corriendo por delante, y, sacando mi reloj de un tirón, vi que aún disponía de diez minutos, luego estaba bajando la cuesta y entrando en unos entornos familiares. Llegué al colegio, sin aliento, es verdad, y empapado de sudor, pero a tiempo. Me acuerdo de haber colgado el abrigo y el sombrero... Pasé por delante y la dejé atrás. ¡Extraño! ¿Eh?

Me miró pensativo.

–Por supuesto, entonces no sabía que no estaría allí siempre. Los colegiales tienen una imaginación limitada. Supongo que pensé que era tremendamente maravilloso tenerla allí, y saber el camino hasta ella, pero el colegio tiraba de mí. Me imagino que debí de estar muy distraído y falto de concentración aquella mañana recordando lo que podía de las hermosas y extrañas personas que pronto volvería a ver. Por extraño que parezca no tenía ninguna duda de que se alegrarían de verme... Sí, debí de pensar en el jardín aquella mañana sólo como un lugar divertido al que uno podía recurrir en los intervalos de una extenuante actividad escolar.

»Aquel día no volví en absoluto. Al siguiente era fiesta por la tarde y tal vez eso me influyera. También, quizá, mi falta de atención me ocasionara castigos y me redujera el margen de tiempo necesario para dar el rodeo. No lo sé. Lo que si sé es que mientras tanto el jardín encantado se me metió de tal modo en la cabeza que no pude guardármelo para mí. Se lo conté –¿cómo se llamaba?– a un jovencito con cara de hurón al que solíamos llamar Squiff.

–El joven Hopkins –dije yo.

–Eso, a Hopkins. No me apetecía contárselo. Tenía la sensación de que contarlo iba de alguna manera contra las reglas, pero se lo conté. Entonces hacíamos juntos parte del camino a casa, era hablador, y si no hubiéramos hablado del jardín encantado habríamos hablado de cualquier otra cosa, y a mí me resultaba intolerable pensar en ningún otro tema. Así que me desahogué.

»Bueno pues él reveló mi secreto, y al día siguiente en el recreo me encontré rodeado de media docena de chicos mayores que, medio en broma, mostraban gran curiosidad por saber más sobre el jardín encantado. Estaba aquel grandullón de Fawcett –¿te acuerdas de él?– y Carnaby y Morley Reynolds. ¿No estarías tú también por casualidad? No, creo que si hubieras estado me acordaría...

»Un muchacho es una criatura de extraños sentimientos. A pesar de mi secreta sensación de disgusto, creo realmente que me sentía un poco halagado de atraer la atención de aquellos grandullones. Recuerdo especialmente el instante de placer que me produjo el elogio de Cranshaw –¿te acuerdas del mayor de los Cranshaw, el hijo de Cranshaw, el compositor– que dijo que era la mejor mentira que había oído jamás. Pero al mismo tiempo me sentía invadido por una sensación de vergüenza realmente penosa al contar lo que consideraba, por supuesto, un secreto sagrado. El bestia de Faweett hizo un chiste sobre la muchacha de verde....

La voz de Wallace se quebró con el vivo recuerdo de aquella vergüenza.

–Fingí no oír –continuó–. Bueno, entonces Wallace me llamó joven mentiroso y discutió conmigo cuando le dije que era verdad. Dije que sabía dónde encontrar la puerta verde y que podía llevarlos allí en diez minutos. Carnaby se volvió exasperadamente virtuoso y me dijo que tendría que hacerlo... tendría que demostrar mis afirmaciones o sufrir. ¿Te retorció Carnaby alguna vez el brazo? Entonces quizá comprendas cómo me fue. Juré que mi historia era cierta. En aquella época no había nadie en el colegio que pudiera salvar a un muchacho de la ira de Carnaby, aunque Cranshaw dijo algo en mi favor. Carnaby había conseguido lo que quería. Me excité, las orejas se me pusieron coloradas y me asusté un poco. Me comporté absolutamente como un crío estúpido, y el resultado de todo ello fue que en vez de ir yo solo hacia mi jardín encantado, salí al poco –con las mejillas ruborizadas, las orejas calientes, los ojos escocidos y el alma ardiéndome de pena y de vergüenza–, guiando a un grupo de seis compañeros burlones, curiosos y amenazadores.

»Nunca encontramos el muro blanco ni la puerta verde.

–¿Quieres decir...?

–Quiero decir que no pude encontrarla. La habría encontrado si hubiera podido.

»Y más tarde, cuando pude ir solo, no pude encontrarla. Nunca la encontré. Ahora me parece haberla estado buscando siempre durante mis años de colegio, pero nunca conseguí encontrarla... ¡Nunca!

–¿Y los compañeros... se pusieron desagradables?

–Horribles... Carnaby organizó un consejo contra mí por mentir gratuitamente. Recuerdo que entré a hurtadillas en mi casa y subí a mi cuarto para ocultar las huellas de mis lloriqueos. Pero cuando agoté mis lágrimas hasta quedarme por fin dormido, no lloraba por culpa de Carnaby, sino por el jardín, por la maravillosa tarde que había esperado pasar, por las dulces y afectuosas mujeres y por los compañeros de juegos que me esperaban y por el juego que había confiado en volver a aprender, aquel magnífico juego olvidado...

»Creía firmemente que si no lo hubiera contado... Lo pasé muy mal después de aquello... llorando por la noche y en la luna durante el día. Me descuidé durante dos trimestres y tuve malas notas. ¿Te acuerdas? ¡Claro que te acuerdas! Fuiste tú... el hecho de que me ganaras en matemáticas fue lo que me hizo volver a empollar de nuevo.

 

 

 

3

 

Mi amigo permaneció un rato contemplando fijamente y en silencio el rojo corazón del fuego. Luego dijo:

–No volví a verla nunca hasta que tuve diecisiete años. Me saltó a los ojos por tercera vez cuando me dirigía en coche a la estación de Paddington, de camino a Oxford para una beca. No tuve más que un atisbo. Estaba inclinado hacia adelante en el simón fumando un cigarrillo y creyéndome sin duda, todo un hombre de mundo, y de repente allí estaba la puerta, el muro, la querida sensación de cosas inolvidables y todavía al alcance.

»Rodábamos estruendosamente y me cogió demasiado por sorpresa como para detener el coche hasta que hubimos pasado muy de largo y doblado una esquina Entonces tuve una sensación extraña, un doble movimiento divergente de mi voluntad: golpeé suavemente la portezuela del techo del coche y bajé el brazo para sacar el reloj.

–¡Sí señor! –dijo el cochero con viveza.

–¡Eh... bueno... no, nada! –grité yo–. ¡Me equivoqué! ¡No tenemos mucho tiempo! ¡Siga!

»Y siguió...

»Conseguí la beca y la noche después de que me lo dijeran me senté junto al fuego de mi cuarto de arriba, mi estudio, en casa de mi padre, con sus elogios –sus raros elogios– y sus sensatos consejos resonando en mis oídos, fumando mi pipa favorita –la formidable pipa de la adolescencia–, pensé en aquella puerta del largo muro blanco.

»Si me hubiera detenido –pensé– habría perdido la beca, me habría perdido Oxford, habría echado a perder la excelente carrera que tengo por delante. ¡Empiezo a ver mejor las cosas! Me quedé muy pensativo, pero entonces no tuve ninguna duda de que esta carrera mía era algo por lo que merecía la pena sacrificarse.

»Aquellos queridos amigos y la claridad de aquella atmósfera me parecieron muy agradables, muy buenos, pero remotos. Ahora mi interés se estaba centrando en el mundo. Vi otra puerta que se abría... la puerta de mi carrera.

Volvió a mirar fijamente al fuego, cuyo rojo resplandor destacó en su rostro una fuerza tenaz durante un fugacísimo momento para luego desvanecerse de nuevo.

–Bien –dijo, y suspiró–: Me he entregado a mi carrera. He trabajado mucho... muchísimo. Pero he soñado con el jardín encantado en un millar de sueños, y he visto su puerta o, al menos, la he atisbado cuatro veces desde entonces. Sí, cuatro veces. Durante un tiempo este mundo fue tan brillante e interesante, parecía tan lleno de significados y de oportunidades, que el encanto medio borroso del jardín resultaba, en comparación, suave y remoto. ¿Quién piensa en dar palmaditas a las panteras cuando va a cenar con bellas mujeres y hombres distinguidos? Volví a Londres desde Oxford convertido en toda una promesa que creo haber hecho algo por cumplir. Algo... y, sin embargo, ha habido decepciones...

»Dos veces he estado enamorado –no me detendré en ello–, pero una vez, cuando iba a visitar a alguien que yo sabía que dudaba de que me atreviera a verle, atajé a la ventura por una calle poco frecuentada cerca de Earl’s Court y me topé por casualidad con un muro blanco y una puerta verde. ¡Qué extraño!, me dije, creía este sitio estaba en Campden Hill. Es el sitio que, de alguna manera, nunca pude encontrar –como contar las piedras de Stonehenge–, el sitio de ese mi extraño sueño despierto. Y pasé de largo absorto en mi objetivo. Aquella tarde no me atraía en absoluto.
»No experimenté más que un momentáneo impulso de tantear la puerta, tres pasos como máximo habría que apartarse –aunque en el fondo de mi corazón estaba más que seguro de que se abriría ante mí–, pero entonces pensé que al hacerlo podría llegar tarde a aquella cita en la que estaba comprometido mi honor. Más tarde lamenté mi puntualidad... al menos podía haberme asomado para saludar con la mano a aquellas panteras, pero para entonces ya sabía que no hay que volver a buscar a destiempo aquello que no se ha encontrado buscándolo. Sí, aquella vez lo sentí mucho...
»Después de eso vinieron años de mucho trabajo y no volví a ver la puerta. Sólo recientemente se me ha aparecido de nuevo. Con ella ha vuelto la sensación de que una fina empañadura hubiera cubierto mi mundo. Empecé a pensar que sería penoso y amargo no volver a ver nunca aquella puerta. Quizá padeciera de exceso de trabajo o quizá se tratara de lo que he oído llamar la crisis de los cuarenta años. No lo sé. Pero ciertamente la lucidez que hace fácil el esfuerzo me está abandonando recientemente y justo en un momento –con todos estos nuevos acontecimientos políticos– en que debería estar trabajando. Extraño ¿verdad? Pero realmente empiezo a encontrar la vida fatigosa y sus recompensas, a medida que me acerco a ellas, de escaso valor. Hace poco empecé a desear el jardín con todas mis fuerzas. Sí,... y lo he visto tres veces.
–¿El jardín?
–¡No!... ¡la puerta. ¡Y no he entrado!
Se inclinó hacia mí sobre la mesa con una enorme aflicción en la voz mientras hablaba.
Tres veces he tenido la oportunidad. ¡Tres! Si alguna vez esa puerta vuelve a ofrecérseme, juraba, entraré, dejaré estas fatigas, el inútil brillo de la vanidad y de estas laboriosas naderías. Me iré y no volveré nunca. Esta vez me quedaré... Lo juraba, y cuando llegaba el momento, no entraba.
»Tres veces en un año pasé delante de aquella puerta y no me decidí a entrar. Tres veces el año pasado.
»La primera vez fue la noche de la apresurada votación del Proyecto de Ley de Rescate de Arrendamientos en la que el gobierno se salvó por una mayoría de tres votos. ¿Te acuerdas? Nadie de nuestro partido –quizá muy pocos de la oposición– esperaban que todo acabara aquella noche. Luego el debate se vino abajo como un castillo de naipes. Hotchkiss y yo estábamos cenando con su primo en Brentford, ambos estábamos desparejados respecto de nuestros contrincantes de la oposición, nos llamaron por teléfono y salimos inmediatamente en el automóvil de su primo. Llegamos allí justo a tiempo, y de camino pasamos por delante de mi muro y de mi puerta... lívida a la luz de la luna, matizada de un amarillo caliente por el resplandor de nuestros focos, pero inconfundible.
–¡Dios mío! –exclamé yo.
–¿Qué? –preguntó Hotchkiss.
–¡Nada! –respondí, y el momento pasó.
–He hecho un gran sacrificio –le dije al jefe del grupo parlamentario al entrar.
–Todos lo han hecho –contestó él alejándose apresuradamente.
–No veo cómo podría haber obrado entonces de otra forma. Y la ocasión siguiente tuvo lugar mientras corría a la cabecera de la cama de mi padre para dar el último adiós a aquel severo anciano. También entonces las exigencias de la vida resultaban imperiosas. Pero la tercera vez fue diferente. Sucedió hace una semana. Sólo recordarlo me llena de vivos remordimientos. Estaba con Gurker y Ralphs..., ya no es ningún secreto, sabes, que mantuve una charla con Gurker. Habíamos cenado en Frobisher’s, y la conversación se había vuelto íntima. La cuestión de mi sitio en el remodelado ministerio quedó siempre fuera de la conversación. Sí, sí. Está todo decidido. No hace falta hablar de ello aún, pero no hay ninguna razón para mantener el secreto contigo... Sí, ¡gracias!, ¡gracias! Pero déjame que te cuente mi historia.
»Entonces, aquella noche, las cosas estaban muy en el aire. Mi posición era muy delicada. Sentía una aguda ansiedad por conseguir una palabra definitiva de Gurker, pero la presencia de Ralphs me estorbada. Estaba utilizando toda mi capacidad mental para mantener aquella conversación banal e intrascendente sin que apuntara con demasiada obviedad al punto que me interesaba. Tenía que hacerlo. El comportamiento de Ralphs desde entonces ha justificado de sobra mi cautela... Sabía que Ralphs nos dejaría pasada la High Street de Kensington y entonces podría sorprender a Gurker con una franqueza repentina. Uno tiene que recurrir a veces a estas pequeñas estratagemas... Y fue entonces cuando en el margen de mi campo visual atisbé una vez más el muro blanco, la puerta verde delante de nosotros calle abajo.
»La pasamos charlando. La pasé. Todavía puedo ver la sombra del marcado perfil de Gurker, su sombrero de copa inclinado hacia adelante sobre su nariz prominente, los muchos pliegues de su bufanda adelantándose a mi sombra y a la de Ralphs, mientras seguíamos nuestro tranquilo paseo.
»Pasé a veinte pulgadas de la puerta. Si les doy las buenas noches y entro, me pregunté, ¿qué pasará? Pero estaba totalmente en ascuas por aquellas palabras con Gurter.
»Con la maraña de mis otros problemas no pude responder a aquella pregunta. Creerán que estoy loco, pensé. Y, ¿supongamos que desapareciera ahora? ¡Asombrosa desaparición de un político prominente! Eso pesó demasiado. Miles de inconcebiblemente mezquinas banalidades pesaron sobre mi durante aquella crisis.
Entonces, se volvió hacia mí con una apesadumbrada sonrisa y, hablando despacio:
–¡Y aquí estoy! –dijo.
–¡Aquí estoy! –repitió–, y he perdido mi oportunidad. Tres veces en un solo año se me ofreció la puerta... esa puerta que conduce a la paz, al placer, a la belleza nunca soñada, a una dulzura que nadie en la tierra puede conocer. Y la he rechazado, Redmond, y ha desaparecido...
–¿Cómo lo sabes?
–Lo sé. Lo sé. Sólo me queda soportarlo y aferrarme a las tareas que con tanta fuerza me retuvieron cuando llegaron mis momentos. Dices que tengo éxito... esa cosa vulgar, de relumbrón, molesta y envidiada. Sí, lo tengo –tenía un nuez en su enorme mano–. Si esto fuera mi éxito –dijo, y la aplastó y me mostró la mano para que la viera.
»Deja que te diga algo, Redmond. Esta pérdida me está destruyendo. Hace dos meses, ya casi diez semanas, que no hago nada en absoluto, excepto los deberes más necesarios y urgentes. ¡Mi alma está llena de remordimientos implacables. Por las noches, cuando es menos probable que me reconozcan, salgo. Ando sin rumbo. Sí. Me pregunto qué pensaría la gente si lo supiera. Un ministro del gabinete, la cabeza responsable del departamento más vital de todos, vagando a la ventura solo... sufriendo... algunas veces lamentándose casi ostensiblemente... ¡por una puerta, por un jardín!



4

Todavía puedo ver su rostro más bien pálido y el insólito y sombrío fuego que le había brotado en los ojos. Le veo muy vívidamente esta noche. Estoy aquí sentado recordando sus palabras, sus tonos, y la Westminster Gazette de ayer por la tarde con la noticia de su muerte está todavía en mi sofá. Hoy, a la hora de comer, el club estaba muy alterado con su muerte. No hablábamos de otra cosa.
Encontraron su cuerpo ayer por la mañana muy temprano en una profunda excavación cerca de la estación de East Kensington. Es uno de los dos fosos que se han hecho en relación con la ampliación del ferrocarril del sur. Está protegido de la intrusión del público mediante una valla en la calle principal, y en la valla se abrió una pequeña entrada para comodidad de algunos de los obreros que viven en aquella dirección. La entrada quedó sin cerrar por un malentendido entre dos miembros de la cuadrilla y por ella pasó Wallace.
Tengo la cabeza embotada con preguntas y enigmas.
Al parecer, aquella noche, fue andando desde la Cámara –frecuentemente iba andando a casa durante la última sesión–, y así es como me imagino su oscura silueta por las calles desiertas a altas horas, bien abrigada y absorta. ¿Fueron entonces las pálidas luces eléctricas junto a la estación las que dieron engañosamente a las toscas planchas un parecido al blanco? ¿Despertó en él algún recuerdo aquella puerta fatal sin cerrar?
¿Existió, después de todo, alguna vez una puerta verde en el muro?
No lo sé. He contado esta historia como él me la contó. Hay veces en que creo que Wallace no fue más que la víctima de una coincidencia entre un tipo de alucinación, raro, aunque no sin precedentes, y una trampa debida al descuido, pero, desde luego, no es mi convicción más profunda. Pueden considerarme supersticioso, si quieren, y estúpido, pero ciertamente estoy más que medio convencido de que tenía, de verdad, un don anormal, y un sentido, algo –no sé qué– que, bajo la guisa de un muro y de una puerta, le ofrecía una salida, un secreto y peculiar pasadizo para escapar a otro mundo distinto y mucho más hermoso. En todo caso, dirán ustedes que al final le traicionó. Pero, ¿le traicionó realmente? Ahí tocamos el más íntimo misterio de estos soñadores, de estos hombres con visión y con imaginación. Nosotros vemos nuestro mundo claro y vulgar, la valla y el foso... Según nuestras obvias normas dejó la seguridad por las tinieblas, el peligro y la muerte.
Pero, ¿lo vio él así?